20 abril 2012

El evangelio de la serpiente.

Escher, Serpientes. Grabado en madera. 1969.


A Aurora Vega –mi abuelita
que oraba todas las madrugadas
al Dios verdadero: bien y mal
hombre y mujer, blanco y negro.



Los gnósticos decían que ese tal Jehová no era Dios verdadero. Ese tal Jehová era un Eón más (un Eón chafita, para colmo) que habitaba la última Ogdoada, vivía en la frontera del Pléroma, entre el mundo inteligible y su excreción: la materia. Y aquí que yo les cuento un cuento. 

Al ver el barro, a ese Eón de nombre Jehová le vino la inspiración y se puso a hacer monitos. Y luego tomó del Pléroma un poco de chispa (pneuma, ruaj, rujaniya, spíritus, ereignis) y se lo insufló por las narices al monito de barro. Animado así el monito (y extraída de su costilla Eva) los llevó a vivir a su jardincito, donde tenía rosales, manzanos, biznagas, naranjos, jacarandas, nogales, flamboyanes, parras, cerezos, árboles de la vida y árboles de la ciencia. Y ahí los puso para mirarlos y divertirse. Y les advirtió que no se acercaran ni tantito al árbol de la ciencia porque... pues porque... ¡se van a morir!. Hasta ese momento lo único que sabían hacer Adán y Eva era ponerle nombres a los otros monitos de barro (ése ¡cerdito! y esa ¡vaca! y aquél ¡fénix! ¡ay! de ése sólo hay uno. Y el de más allá ¡hipopótamo! y así). Pero entonces en uno de los monitos de barro, un reptil largo y con patas (acá las patas son muy importantes) se encarnó otro de los Eónes del Pléroma. Y él ¡claro que sabía que Adán y Eva eran mortales! Sabía que eran Eónes sin memoria, sin recordar su filiación con la divina sustancia. Y habían olvidado a su padre verdadero, a Dios verdadero. Y aquello le pareció injusto: ¿cómo se atreve ese Eón a encadenar así, a un cuerpo de barro, a los inmortales Eónes, y luego condenarlos a la ignorancia y a la mortalidad? 

Ya se saben la historia. Vino la serpiente y desmintió las mentirotas de ese tal Jehová. Bastaba deshacer la mentira. ¡Qué astucia ni qué ocho cuartos! La divina chispa, adormecida sólo por la desmemoria, actuó ella sola. Ella estaba plena de curiosidad, y actuaba empujada por creencias y deseos. Y fue la chispa la que alargó los térreos brazos de Eva hacia el fruto que pendía del árbol de la ciencia. Y fue la chispa la que se revolvió y se le abrieron los ojos, sus ojos divinos, cuando el alegórico fruto le cruzó por el gaznate. 

Entonces Jehová, furibundo al ver que los ojos de Adán y Eva estaban abiertos quiso castigarlos (¡ah! pensó ¿así que ahora sabéis qué es el bien y el mal? Pues va completa esa sabiduría: ¡el castigo primigenio!). Y le quitó sus patitas a la serpiente (y esta se burló ampliamente, pues eran patas postizas ¿que no te percatas, idiota, que mi cuerpo es dúctil y está extraordinariamente bien diseñado? ¿soy un plagio, acaso? ¿no reconoces que no soy obra tuya?). E hizo a la mujer que pariera con dolor (y de nuevo la serpiente se burló: ¿ni a la mujer hiciste tú, plagiario? ¿qué no ves que sus caderas son estrechas para que ande recta, no como los monos, y así pueda correr y cazar, y así ganarle la competencia al Neanderthal?) e hizo que el hombre, con el sudor de su frente, comiera el pan. Y era un castigo extraño, corolario de la pulpa adquirida del fruto de la deliberación. Les dio la creatividad y el ingenio para que crearan el mayor portento de ingeniería alimenticia: La hogaza. Y los mandó a multiplicarse (¿ya ves cómo no son tuyos?, pensó la despodificada serpiente, ¿para que les harías tan hermosos cuerpos, capaz de la caricia y el beso, el amamantar y el arrullo? O no los hiciste tú, o eres un díscolo Jehová).  

Y puso Jehova a unos Querubines con espadas flamígeras para evitar que Adán y Eva pudieran extender su brazo hacia el fruto de la liberación absoluta: el árbol de la vida. Y la serpiente pensó: al fin la máquina del hombre ha sido echada a andar. Y nuestro reptíleo Prometeo, despodificado y agotado, se guardó durante un tiempo bajo las piedras mientras farfullaba para sí: yo estaré contigo, varón y mujer. No los dejaré solos. Me comeré a las ratas que te roban el trigo. Y te alcanzaré, cuantas veces sea necesario, el fruto del bien y del mal para abrir tus ojos cuando el miedo tirano te haya esclavizado. Y de probarlo te surgirán ideas para que venzas a los tiranos y para que descifres la maquinaria cósmica, y trates de dar con el árbol de la vida mediante el de la ciencia. Y tú —que aún no recuerdas a tu padre, el Dios verdadero, y le ofreces holocausto a ese tal Jehová, y que te da por crucificar profetas y ungidos— me perseguirás y me tendrás miedo. Y en turba enfurecida quemarás a quienes sí han probado del fruto y saben discernir entre lo justo y lo injusto y, cegado por el miedo tirano, el primigenio miedo del ¡morirás! con que te amordazó Jehová en el Edén, los perseguirás, los incinerarás en la hoguera o los expulsarás al desierto. Y yo estaré aquí, acompañando a aquél que clama... y un día vendré transfigurado en hombre, y me crucificarás, y luego dirás que me comes en forma de pan. Pero a pesar de todo ello no te abandonaré, hijo del hombre, hermano mío.

2 comentarios:

Monsieur Descartes dijo...

http://barnascha.narod.ru/books/index.htm

Esponjita dijo...

Danke