01 octubre 2019

La historia de Ñovio, primera parte.

Queridos y fieles lectores:  

¿Desde hace cuánto tiempo que no escribo en el blog? Más de dos años, parece ser. Y para mi propia sorpresa, sigo en Alemania, y vivo en Múnich. Cuando llegó el avión a Alemania, alemanizamos en Múnich. Y como que hasta ese momento me cayó el veinte de que había cruzado el Atlántico y me encontraba del otro lado del mar.

Desde esta biblioteca escribo.
Esta foto la tomé hace más de dos años.
Les presento la Bayerische Staatbibliothek
(o Stabi, como le decimos de cariño). 
Llegué en pleno Oktoberfest, pero yo no sabía, porque llegué en septiembre y... yo no sabía tantas, pero tantas cosas. No sabía que no las sabía. ¡Ay, si tan solo les contara! 

Estamos en octubre de 2019, que me suena al año en que la Sonda Fulanita Voyager iba a llegar por fin a Plutón plutónido, o al año en que íbamos a colonizar Marte, o al año en que ocurre Blade Runner o... o así cosa como muy del futuro. Cuando era niña pensaba también en el 2020 como el año en que ya iba a ser viejita, porque ya iba a tener 40 años. ¿Recuerdan mis cuarentofilias? Ahora soy yo, yo mera, yo misma la cuarentona. 

¡Dios! ¡Cuántas cosas han pasado y no he sido yo ni para venir a dejar una notita y contarles tantos portentos maravillosos! ¡Tantos sustos! ¡mi primer invierno arriba de la latitud 50º! La noche en que todo el suelo en Bonn quedó hecho hielo y por poco no puedo llegar a mi casa. El primer día que toqué la nieve, o cuando por fin identifiqué un copo y le pude ver toda su filigrana de copo de nieve. O cuando casi muero de frío porque la casera se negaba a prender la calefacción, y entonces conseguí la súper oferta de una cobija de pluma de dinosaurio ¡a 29 euros! (que es una bicoca y que la señorita que me atendió no lo podía creer ella misma). Y ni les conté de mis enamoramientos platónicos con señores Mayores! (o sea, no he cambiado tanto). Tanto que ha pasado...

Esa foto también fue en Colonia.
Me la sacó EL PROTAGONISTA
de este post.
Así que les voy a contar de un enamoramiento platónico con un tuitero. ¡Sí, señoras y señores! ¡con un tuitero de tuiter! 

Un día, en México me presentaron a un tuitero... quesque porque sabía alemán. Y pos buen tuitero, simpático. Se juntaba con los escribidores del tuiter y gente de esa muy seria y muy culta y muy ingeniosa. Me lo presentaron quesque para practicar (¿se acuerda alguien de quién fue quien me lo presentó?)

Poco tiempo después él tradujo un poema de Celán al español, en su blog (¡BLOGUERO! ¡ESCÁNDALA!) y junto a la traducción publicó sus consideraciones traductoriles. Áquí píquele para que las lea. Y es que... bueno. En esa etapa de mi vida (que sigue siendo ésta), encontrarme políglotas era el equivalente a admirar hasta la baba al muchacho guapo que tocaba la guitarra en la Prepa.

Y traté de encontrar una foto suya para ver qué tan guapo estaba, pero nomás no lo logré (luego encontré al que en ese entonces no sabía que era su homónimo... pero ¿acaso alguien me sacó del error? creo que no, pero cuando llegué a Alemania ya sabía yo que no era él).

El caso es que algunos meses después, ya con las maletas hechas, le mandé un mensajito de tuíter que para a ver si coincidíamos alguna vez en Múnich para tomarnos un Munichino (ay, yo tan ingeniosa, válganos dios). Y dijo que sí. Y cuando llegué finalmente a Bonn (cosa narrada muy escueta pero suficientemente en el último post, se hace dos años) me mandó un mensajito y me dijo que él sabía qué era eso de llevar la vida en una maleta, que le dijera si necesitaba algo. Y YO SUSPIRÉ.

Ése es el Isar.
El río de Múnich.
Ésa, soy yo con el pelo largo.
Y así pasaron como dos o tres semanas. El caso es que yo todavía estaba en estado de SCHOK cultural (sí, con sch porque ALEMÁN). En ese tiempo no tenía más internet que el del cuartito rentado, y yo me sentía toda aterrada de todo, y del metro, y del viejito que me persiguió y sacó fotos en el metro... AHAHAHAHAHAHA. 

Entonces ÉL me mandó un mensajito y me dijo que tenía que ir a Colonia, o sea, a Köln, y que pues podía pasar a Bonn por mí, y que para conocernos y así y asá y yo pues ¡sí, chido, qué emoción, me late, viva! Y así fue. 

Y llegó ese día. Iba a ir en carro por mí. Yo me eché todo el perfume de la única botellita que tenía encima, y me maquillé y me puse aretes, y colorete. Y en ese tiempo tenía yo muy poquita ropa en Bonn, pero de todos modos me puse la blusa que traigo ahorita puesta (las fotos lo confirman). Y él llegó, en su carro negro marca Pirrurris, modelo Pirrurris, y lo vi y mi primera impresión fue "ay...". Así. Sin interpretación alguna. 

Era un tipo simpático. Y, como diría muchos años después mi papá, "muy señor". A mí, que en ese momento no tenía consciencia de mi propia volumetridad e índice de masa corporal, me pareció un poquitín subido de peso para el Schwarzenegger que imaginaba me iba a venir a recoger... en los dos sentidos de la palabra, seamos honestos.

Esta torre está en Múnich. 
Y me llevó a Colonia y ¿sabían ustedes que Colonia es la ciudad más bonita del universo? Y yo me divertí mucho... aunque no quería platicar. Él me contaba de su vida, y de su historia, y de Colonia, y me explicaba la ciencia oculta detrás de los nombres de las calles de las ciudades alemanas... y me contaba y me contaba, y luego me preguntaba que porqué yo no le contaba nada... pos ¿cómo decirle que seguía en SCHOK? 

Ahora que lo pienso, yo me salí de México sabiendo que no iba a volver. Pero sin saberlo ¿ven?. Antes de venirme organicé una comida con mis amigos, ¡incluyendo a los que alguna vez fueron protagonistas de este blog! Y una de mis amigas me dijo que "bueno, era obvio que querías invitar a todos tus amigos, te me estas despidiendo". ¿Despidiendo? ¡Pero si voy a volver en un año! Le dije, me dije, me lo creí, y me fui. 

Ahora a la distancia pienso que huí de los últimos 10 años de mi vida. Venía huyendo de la muerte de mi abuelita Aurora, y de haberme ido a vivir sola por primera vez, y de cómo todo mi proyecto de pareja acababa de fracasar muy estrepitosamente. Y huía de una maestría que me dejó la espantosa sensación de que lo único que no importó fue la tesis. Huí también de no haberme atrevido a aplicar al doctorado en el extranjero.

No tenía mucho qué platicar. Así que ÉL me platicó... y me llevó a la Universidad de Colonia, donde había estudiado ni más ni menos que matemáticas (hacía poemas y matemáticas, la mojación estaba muy intensa), y me llevó, no para que me yo admirara por el verde y dorado paisaje otoñal de los jardines universitarios sino PARA VISITAR LA ESTATUA DE ALBERTO MAGNO. Ni más ni menos. Para ver esa estatua con la que soñé y recontrasoñé y acaricié y amé. Y me sacó fotos en ella. Y yo fui muy, muy, pero muy feliz.

¿Quién creen que es el autor de la foto.
Sí, traigo en este instante puesta esa blusa.
Sí, ése es Alberto Magno, esa gordis, soy yo.
Sí, lo estoy viendo a él. 
Y ocurrió que finalmente llevamos a devolver el carro pirrurris porque era carro rentado. Pero más importante, porque él quería poder beber sin límite en el lugar al que íbamos a ir. QUERÍA BEBER. SIN LÍMITE. Y yo me preocupé porque pensé "ya se me hacía que esto no iba a ser gratis" así de mal pensadota, sin embargo, ahí voy diciéndole "ok". 

Y a pie fuimos A MI PRIMER RESTORÁN ALEMÁN, así como de película, todo muy emocionante. Y pidió carne tártara y yo ¡no mames, no me voy a comer esa carne cruda con cebolla! ¡pero qué rica está con pimienta! Y mientras la Kolsh (la única cerveza que es también un dialecto... sorry, el humor es alemán) decía, y mientras la Kolsh llenaba vaso tras vaso, de pronto la idea de que me hubiera llevado ahí a algo más que comer SCHWEINHAXE me pareció muy buena, muy seductora, muy emocionante, y sólo me preocupaba cómo le iba a hacer yo para rendir en el mero momento, a pesar de la indigestión cerdística.









Este es el impronunciable SCHWEINHEXE
Demasiado delicioso

Pero ¿qué creen?

Pos que acabamos de comer, salimos a caminar y seguimos platicando y platicando, y luego llegamos a la estación de Köln y me dijo: "Si quieres venir a Múnich a conocer la nieve, te espero". ¡¡¡y me dio un ñoño besito en la mejilla y se despidió y se fue!!! Y yo me quedé toda ganosa y, sinceramente, con el corazón un poquito lastimado porque pos... pos es que yo sí quería ¿saben? Si quería. 

Luego, meses después, él se acordó de que yo quería ir a Múnich a conocer la nieve. Claro: ya al fin la había conocido yo en Bonn (¡y no escribí ni un méndigo post al respecto!), y ya casi era 21 de marzo, pero se acordó y me preguntó si sí iba a ir. Y pos yo dije...

PERO ESA ES OTRA HISTORIA, QUERIDOS LECTORES. Y YO TENGO QUE PONERME A ESCRIBIR ESA TESIS, QUE VA POR EL QUINTO AÑO, Y ESPEREMOS que ya salga. 

Les mando muchos saludos, y besitos y así. 

Los quiere

Esponjita. 


14 enero 2017

Sí existe.

En noviembre este blog cumplió 10 años, pero yo estaba llegando a Alemania y no tuve cabeza para venir a contar mis aventuras. Creo que estaba en estado de shock. Pero como de plano no puedo ponerme a redactar mi primer capítulo haré lo que Fru me recomendó: escribir en el blog. 

Lo primero que tengo que declarar es que Alemania sí existe contra todo pronóstico... al menos existe hasta la frontera con Polonia. Hasta que el avión aterrizó en Múnich comprendí que no había caído en el vientre de un agujero negro, porque me sentía como saltando hacia la nada. El día antes de salir desperté llorando. Pero para ser el vientre de un agujero negro, Alemania ha resultado el lugar más cálido y amable del universo y, sobre todo, el Instituto Albertus Magnus que... pues... que es mágico. 

Alemania es enorme, altísima como las torres de la Catedral de Colonia. Llegué justo pasado el equinoccio de otoño, cuando la calles se llenaron de hojas rojas, como las que describe Alberto Magno en el De homine, y lo que constantemente me recordaba que estaba en otro lugar –más probablemente dentro de una caja de televisión, en un programa del Canal Once o del Canal 22– era el constante graznar de los cuervos y el imponente sonido de las campanas que lo inundan todo. 

El Instituto es extraordinario, sobre todo su gente. Su director (H.M) fue a recogerme al aeropuerto e hizo acto de presencia con mi nueva casera para que todo estuviera en orden. Y si no bastaban todos esos cuidados para que no diera yo crédito del magnánimo ánimo de los medievalistas que me rodeaban, finalmente me encontré con mi anfitrión... oh... 

Ya les platicaré de eso. Ya les platicaré también cómo es que estoy aprendiendo paleografía gracias a las dos horas DIARIAS que H. A. me dedica, junto con un plato de galletitas y una taza de té. Ya les platicaré de los ejércitos de copos de nieve que me atacan cuando salgo del U-Bahn, de como mi arma secreta es Englisch? ... ya les contaré... 

Feliz cumpleaños, blog. 
Feliz cumpleaños, esponjita.

17 septiembre 2016

Espejito, espejito...



En un plática familiar, alguien muy querido nos contó que le preocupaba, cuando su hija era pequeñita, que no se identificara con las princesas en las películas de Disney, sino con los villanos. Y aquello me sorprendió porque, según cuenta la leyenda, cuando yo era pequeñita, mi heroína era la madrastra de Blanca Nieves. No, no Maléfica, porque en aquellos años mi versión de Blanca Nieves era una traducción de la versión de los Hermanos Grimm, y el verso del que aún me acuerdo era: 

–Espejito, espejito, dime tú por gentileza, ¿hay quien acaso en este reino quien me aventaje en belleza? 


Y cuando comencé con el alemán, fueron las primeras líneas que quise aprender: 


–Spieglein Spieglein an der Wand, Wer ist die Schönste im ganzen Land? 

(quizás ahí se notaran los primeros brotes narcisistas de Esponjita... quizá se note desde el momento en que quiero hablar del caso de mis personas queridas, y me pongo yo primero para introducir el argumento). 

La explicación de mi madre sobre mis preferencias era simplemente que la bruja de Blanca Nieves tiene más diálogos que los demás personajes. Mi explicación era que la bruja era mágica, y que estaba rodeada de libros antiguos y calaveras y retortas alquímicas (porque las ilustraciones de ese libro tenían una visión muy chick de la bruja: a su alcance tenía un laboratorio alquímico, no un muladar lleno de animales disecados). La preocupación de mi persona querida sobre las preferencias de su hija fueron lo que me llamó la atención: simplemente no se identificaba con los buenos, con el bien. Cuando uno es niño, cuando uno es adulto, siempre en cualquier momento de la vida, uno quiere estar del lado de los buenos. 

Entre los 3 y los 5 años es la edad de las princesas, me cuenta mi mamá. Y yo, sin mucha experiencia en crianza de niñas, se me ocurre que las princesas son objeto de imitación no porque sean las buenas de la historia, sino porque son las heroínas. Son las más bellas, las más virtuosas, las más poderosas, las más santas, las más amadas... porque entre los 3 y los 5 años uno es el centro de mundo y el referente respecto al cuál todo gira y adquiere su sentido. 

La posterior angustia de querer estar del lado correcto, viene después. La posterior angustia de querer hacer el bien, viene mucho después. La posterior angustia de no saber dónde se halla la justicia viene mucho, mucho, muchísimo después. 

***

Pero ¿quienes son los buenos? Las narrativas que nos convencen de la bondad de los héroes son tramposas. ¿Quién, a estas alturas, considera que Piolín es el bueno de la historia? Porque la narrativa es clara: Silvestre se quiere comer a Piolín y es el primero en atacar. Pero la crueldad repetitiva del pajarito, su actitud de mosca muerta, termina por cansar al espectador que desea que, al menos por una vez, Silvestre se lo pueda zampar. 

Sin embargo y con todo lo que tenga él de odioso, las princesas de Disney se parecen más a Piolín que a Silvestre. Son buenas, bellas e inocentes y son víctimas de una criatura llena de maldad, o bien por pura envidia narcisista, o bien por el puro placer de ejercer su poder sin límite. Pero a diferencia de Piolín, las princesas triunfan sobre el mal por un simple Deus ex machina y no por su ingeniosa crueldad.

El príncipe con la Espada de la Verdad y el Escudo de la Fe logra vencer al demonio-bruja, mientras que la princesa duerme durante cien años. O la doncella, reducida a servidumbre, logra liberarse de su funesto destino por el truco de un hada madrina y la incansable búsqueda de un príncipe enamorado. O, como Blanca Nieves, cuya suerte depende absolutamente de un camino accidentado y lleno de baches (pues en la versión del los Hermanos Grimm, Blanca Nieves no despierta por el beso del príncipe, sino porque la cohorte del príncipe que lleva a su castillo el catafalco de cristal, tropieza, y eso provoca que el pedazo de manzana encantada salga de su cogote, permitiéndole respirar otra vez). 

Las princesas no son buenas: son inocentes. Y los villanos se retuercen de envidia porque ven amenazados sus privilegios por la virtud intrínseca que tienen aquellas heroínas que lo son todo, menos agentes de su propia virtud. Las princesas de Disney son caracteres pacientes en espera de que el universo entero se ponga en marcha para ejercer la justicia a través de sus impávidos cuerpecitos. Están llenas de virtudes pero ninguna depende de ellas. Son ingredientes de la bondad, pero no son buenas.

***

Todas las mañanas nos miramos al espejo. Hay quienes no pueden hacerlo porque piensan que ya no son buenos. Otros simplemente le preguntan al espejo si han obrado de tal manera que aún le parezcan buenos a los demás. Y todos, al menos una vez cada cierto tiempo, exploramos cuidadosamente nuestra historia para ver si no ha anidado en algún pliegue la verruga de la mezquindad que pueda diseminarse por toda nuestra bondadosa alma. 

Y al menos alguna vez nos hemos parado frente al espejito y le hemos preguntado, temerosos de su respuesta: 

–Spieglein Spieglein an der Wand, Wer ist der Gütigste im ganzen Land? 
(Espejito, espejito en la pared, ¿quién es el más bondadoso en toda la tierra?)


Die böse kleine Schwamm.



01 septiembre 2016

calabaza

Hace 7 años asistí a mi primer Gran Baile-Workshop... o sea, era un Taller de Filosofía Antigua, pero en aquellos ayeres yo era una Cenicienta que por obra y magia de un hada madrina estaba codeándome con la nobleza académica de aquellos días. Y había un príncipe también. 

De aquellos días memorabilísimos tengo unos recuerdos muy precisos. Uno es el cómo mientras leía el texto que tenía que leer, yo no entendía absolutamente nada de lo que leía. Otro son los ojos absolutamente azules de un inglés caballeroso. Y otro es cómo compartí un cigarro con alguien que sospecho que leía todo lo que yo escribía en este blog en ese entonces, y que en ese entonces había algo que ya no existe hoy. Pero, sobre todo, recuerdo la sensación de una Cenicienta a la que habían invitado al baile. 

Para ser honestos, aquella vez fue la primera y la última que participé realmente en ese Baile Anual-Workshop, porque luego decidí mudarme de reino y cambiarme de Príncipe. Y aunque fui y bailé en otros Bailes-Workshops, y participé, y leí textos sin entender qué era lo que leía, de vez en cuando he sido convidada de la última noche del Baile-Workshop de mi antiguo reino de Filosofía Antigua. Y anoche ocurrió también. Pero aquello ya se volvió un simple Workshop, quizás porque hace muchos años que sonaron las 12 campanadas, y todo se transformó en calabaza. 

Y entre todas, la primer calabaza fui yo, porque me di cuenta de que ya no tengo edad para ser princesa ni doncella, ni compartir cigarros con el Príncipe encantador. Lo otro que se hizo calabaza fue el halo de misterio que rodeaba a aquella nobleza académica. Ahora se me aparecen como gente normal, blanquísimos de piel, de ojos azulísimos, de erudición e inteligencia impresionante... pero tan gentes como uno. Tan gentes como todos los demás, y cuyo único valor es ser eruditísimos y muy inteligentes. Pero su rango metafísico ha decaído a ser simples gentes. 

Y a estas alturas ya no sé si extrañar la magia que tenía todo, incluyendo al Príncipe Encantador que compartía cigarros conmigo, o remorderme por aquella intensidad tan luminosa que, después de cegarme, me trajo dando tumbos.


***

Justo hace diez meses cené en el mismo lugar en el que anoche cené con el Príncipe Encantador, el hombre blanquísimo de ojos azulísimos, y una comitiva que lee en griego. 

La comitiva del año pasado leía en latín. Y aquella noche compartí la mesa con otro Príncipe y con otro hombre eruditísimo de ojos azulísimos y piel blanquísima. Y este Príncipe de aquél día, sentado entre el hombre blanquísimo y yo, hablaba castellano en su oído izquierdo y alemán en su oído derecho. Y se tendió de puente entre dos continentes.

Hace 10 meses exactamente los tres nos encontrábamos ultimando detalles para que yo pudiera irme hasta la fría Alemania con el hombre del corazón calidísimo y cuya mansedumbre le hace acreedor a la herencia evangélica. 

Y anoche eso fue lo más extraordinario: recordar el momento preciso en que conocí al hombre extraordinario cuya luz iluminó mi camino mucho antes de que yo supiera de su existencia... 






07 agosto 2016

Alemania

Quisiera escribir algo, pero no se me ocurre qué. Quisiera tener algo qué decir. Algo sobre Alberto Magno, por ejemplo. Eso sería genial. Algo sobre lo que estoy entendiendo. El problema es que no estoy entendiendo nada. Estoy tan ocupada en cómo llegar a Alemania que ya no estoy segura de para qué voy. Ah, sí. Para hacer una tesis sobre Alberto Magno. Sí, para aprender a leer manuscritos. Quizás para aprender bien alemán. Quizás para conocer París, Dresde y Praga. Y Berlín. De Berlín sólo quiero ver en vivo las puertas de Brandenburgo. Y quisiera ver Frankfurt porque S. me ha hablado mucho de Frankfurt. Porque en Frankfurt brotan los S. Me imagino ir a un vivero lleno de S. 

Quiero ver el Danubio y el Rhein. El Donau y el Rin. El portento de un país que ha conservado sus ríos citadinos. Quiero conocer el Elba porque lo leí en Vonnegut, y subirme al teleférico que describe Tellkamp (Uwe) en La torre. Y ver, aunque sea de lejos, los bosques donde andaba Caperucita Roja. Y si no es mucho pedir ver ese lugar donde Varo perdió las legiones de Augusto. Pero sobre todo quiero ver el Danubio y ver si es azul. Y sí, quiero ver las puertas de Brandenburgo, y las cúpulas que los ángeles de Wim Wenders sobrevolaban. A color o en blanco y negro. Da igual. 

Quiero ir a Colonia. Ver la tumba de Duns Escoto. Si me muero allá, déjenme allá. No me iré cantando México lindo y querido. Prefiero de epitafio, Colonia me tenuit. 

Tengo mucho miedo. 

Como sea, en el peor de los casos dormiré bajo el Kennedybrücke. No tengo idea de cómo sea Bonn. cuando era niña, era la capital de la República Federal Alemana. Y es que este viaje debí planearlo hace más de diez años. Debí estudiar alemán e inglés antes, mucho antes, cuando aún estaba para estos trotes. Cuando el que entonces era mi asesor me dijo Paloma, ni que tuvieras ochenta años. Ya tengo ochenta años. Ya tengo ciento sesenta años. Pero no he vivido. Siento como si los últimos diez años se me hubieran perdido en algún lado, y simplemente no los encuentro, como cuando se pierden las llaves y voy tarde a algún lado. 

Siento como si el día que cumpla 40 años fueran a cortarme la cabeza. Como si ese día fuera a acabárseme la juventud, la fuerza, el valor... todo. Y eso es gracioso, porque a esos señores (die Herren) los conocí justo poco después de que cumplieron 40 años. Y es que entonces me parecían extraordinarios y bellísimos, y justo en su punto. Como si en ellos la vida estuviera en flor, como si fueran un jardín de cerezos en primavera. Y se me hace tan injusto pensar que justo cuando arribe yo a esa edad ya voy a estar marchita. 

Quizás al final por eso decidí irme. Porque de veras ya no hay nada qué perder. Y si he de irme, he de irme a lo grande. He de pasar por París, aunque jamás haya entendido la geografía relatada en Rayuela. He de pasar por Dresde y su Elba, a quienes les escribí un cuento sin haberlos visto nunca. Voy a Europa a ver ríos y ríos y ríos. Y manuscritos. 

Voy a la tierra de un antiguo filósofo que ni siquiera se imaginó que pudiera existir la mía. A una tierra cuya lengua parece un sofisticado mecanismo de relojería. Voy a buscar a Caperucita Roja y a los 7 enanos. 

***

Hoy me acordé cuando le regalé por primera vez un libro a un señor que andaba a penas por sus cuarenta años. Cuando nos despedimos, se golpeó contra una puerta de cristal. Y es que él entonces era un jardín de cerezos en primavera, una jacaranda cuajada de flores, era los jardines de Versalles. Él era la ceiba que sostiene la cúpula celeste, y todos los pájaros que cantan justo antes de que se meta el sol. ¿Qué voy a hacer ahora, tan lejos del Sol? ¿qué voy a hacer ahora en una tierra cuyas temperaturas pueden matar a la gente? ¿qué voy a hacer allá, tan lejos de mi geografía tropical?

***

Hoy me acordé de cuando todos hablaban alemán en una clase, menos yo. Entonces un señor, que apenas andaba por sus cuarenta años y tenía rostro de escultura griega, me dijo pues aprende. Y heme aquí, haciendo contorciones con los verbos que se parten y hacen split, y sustantivos que se flexionan, y hacen la más larga Frankensteinwort. Y alguna él vez me dijo que no, que a Alemania no. Que incluso para él que los conoce, son demasiado fríos. Pero heme aquí, necia, yéndome a vivir debajo de un puente que cruza la frontera entre Roma y las tierras Bárbaras. A Alemania voy a conocer la nieve. 

***

Voy a Alemania porque es el centro del mundo. Yo, la umbiloselenopolita, nacida en un centro, un ombligo, descentrado. 

09 julio 2016

Sandor Salas

Esta historia comienza con el Dr. Salas sentado en una silla en una habitación oscura, las manos atadas a la espalda y un fuerte dolor de cabeza. El Dr. Salas era irremediablemente miope y al abrir los ojos, aunque no podía ver nada por la falta de luz, supo inmediatamente que no traía sus lentes puestos porque su nariz se sentía inusitadamente ligera. 

(escribo sin pausas. Lo cuál cuenta como estilo cuando escribo cuentos, pero es una monserga cuando escribo... esas otras cosas que escribo. Qué les importa qué) 

Y es que el Dr. Salas no tenía mucho dinero para comprar esos elegantes anteojos de tres piezas. Sí, esos sin marco, y de algún material ultramoderno en las micas que no pesa la barbaridad de dioptrías con que cargaba en la vida. Alguna vez trató de usar lentes de contacto pero el mundo súbitamente le pareció inmenso y terrorífico, y después de verse insultado por el tamaño de los precios y de los envases en la primer vinatería a la que entró saliendo del oftalmólogo, regresó a su casa a montarse de nuevo los pesados cristales que mantenían al mundo pequeño y ordenado, y que además colaboraban con mantener a Salas pegado a la superficie terrestre... porque las gafas pesaban mucho y Salas era un hombre pequeño y ligerito. Medía poco más de 1.60 lo cuál para un varón en esta ciudad no era tan grave, pero cuando hizo el doctorado era una calamidad, pues se le ocurrió estudiar entre Islandeses. Los lentes de contacto le recordaron la espantosa sensación de habitar un mundo donde él era desproporcionadamente pequeño. 

(escribo sin pausas y sin orden. En un cuento eso puede tener mucho estilo, pero en lo otro...)

El pequeño Dr. Salas movió las muñecas atadas a la espalda pero aquello era muy doloroso. Quien fuera que lo había atado lo hizo con saña... o quizás simplemente temía que sus muñecas pequeñitas se liberaran fácilmente. Trató de mover los pies y de nuevo la fuerza de las cuerdas, o cables, o lo que fuera, lo lastimaron. Una cuerda más pasaba por su estómago, y Salas dio un profundo suspiro preguntándose a quién demonios había hecho enojar tanto como para que lo hubieran puesto en esa incómoda situación porque, evidentemente, nadie lo había secuestrado para quitarle los dos centavos que no tenía, ni mucho menos para pedirle rescate a nadie porque... por la misma razón que sospechaba que más bien era la inquina y rabia de alguien más lo que lo había puesto ahí. Porque Salas había hecho enojar a mucha gente. Pero nosotros, querido público, no nos enteraremos de a quién había hecho enojar tanto, porque el único nombre que alcanzó a brotar de sus labios angustiados fue Marina, pero antes de que sepamos quién poseía semejante nombre se abrió violentamente la puerta de la habitación donde Salas estaba amarrado. 

(sí, así mero escribo. Sin subtítulos) 

 Quien entró prendió la luz que cegó inmediatamente a Salas. Oyó unos pasos pesados acercarse y percibió un tufo pesado que tardó en identificar: alguien estaba fumando un puro. Oyó un garraspeo y de pronto sintió la violencia de un aplauso frente a la nariz. 

(aquí comienza a ponerse bueno el asunto porque lo otro que yo sabía hacer eran diálogos). 

¡Abre los ojos, Salas!

Salas trató pero la luz lo lastimó. El tipo que fumaba puro le dio una bofetada. Por primera vez durante toda esa aventura, Salas agradeció no traer puestos los anteojos. 

¡Abre los ojos! ¿Me reconoces? 
—Sin anteojos no puedo reconocer ni a mi madre... deje me acostumbro a la luz. 
—¡¿Quién demonios es María Ulloa?! ¡Habla!

Se quedó atónito. Sí, había dado al clavo: la causa era Marina... Marina Ulloa. Él no conocía a ninguna María Ulloa, pero toda la vida, o al menos el rato que convivió con ella, la eterna monserga era la confusión de Marina por Marina. Sí, alguna vez les salvó el pellejo. Y pues sí, la causa de su tragedia actual era Marina, pero no de la manera en que él se lo había imaginado. Y no, tampoco tenía mucha idea de qué responder. Él tampoco sabía quién era Marina Ulloa. Pero sabía cómo era, de qué color era su cabello, cómo eran sus ojos, a qué sabían sus lágrimas. De pronto se dio cuenta de que entraban gotas saladas a su boca, pero no parecía ser sudor: el sudor le habría hecho picar los ojos, y no: los ojos estaban anegados en llanto. 

–No... no sé... es decir, sí sé pero... 

El tipo amenazó con golpearlo, pero se detuvo al darse cuenta de la confusión de Salas, y al darse cuenta de que estaba algo así como que organizando sus ideas y que, efectivamente, sin anteojos era casi ciego. Salas escuchó cómo jalaban una silla. Finalmente consiguió abrir los ojos y los entrecerró para poder ver a su victimario. Era un tipo alto, delgado y de cabello oscuro, probablemente rizado por la manera en que se le pegaba al cráneo. No podía saber qué edad tendría, pero joven ya no era. Y, efectivamente, traía un puro entre los dedos. 

¿Quién es María Ulloa, Salas? 

¿Qué podía contestar? Podía hacerse el loco y decir que a María Ulloa no la conocía. Pero ya era demasiado tarde para confundir a su victimario. Pero de todos modos ¿qué decir? ¿que era una vieja amante a la que dejó con un palmo de narices y abandonada en un país extranjero hace veinte años, probablemente con un hijo? ¿Sin dinero, sin amigos, escondiéndose de la policía? ¿Sin pasaporte? Lo del pasaporte fue pura equivocación: al huir de España, Salas lo tomó sin querer, y no se dio cuenta hasta que llegó a México. Pero de todos modos ¿para qué lo quería Marina si de todos modos ese documento la iba a refundir en la cárcel de por vida? ¿Para qué lo quería si su identidad era su principal verdugo? ¿De veras lo tomó por equivocación? Era un pasaporte de pastas rojas, no cómo el suyo azul marino. Con la mente confundida, de pronto a Salas lo asaltó una idea...

¿Lo confundió conmigo? 

El tipo se levantó de golpe, se dirigió violentamente a Salas e, histérico, lo tomó  por la solapa: 

¿Tienes una maldita idea de quién soy yo? ¡¿no me reconoces, Salas?!

—Supongo que usted se apellida Salas también, ¿verdad? 

El hombre por fin comprendió que Salas era incapaz de reconocerlo, lo soltó y se dejó caer con todo su peso sobre la silla. Buscó algo en el bolsillo... sí, sí, era una cajita de cerillos, alcanzó a percibir Salas, y el hombre volvió a prender su puro. Dio una bocanada, suspiró, y se dirigió a Salas.

—No... no soy Salas. Pero eso creyó tu María
—Marina... se llama Marina. No María. Marina Ulloa... ¿y... está viva?
No, Salas, no está viva. Ya no. 

(luego me pasan estas cosas. Ya no sé qué seguir escribiendo. Me pasa con los cuentos y... con la otra cosa. Dejemos esto en veremos a ver si se me ocurre algo. Porque ¿saben? Esa Marina era... ya se enterarán. También se blofear... sé prometer. Sé fallar).

ACTUALIZACIÓN:

Querido lector, ¿quién es Marina? ¿A qué se dedicaba? Opínele querido lector. Si comenta como anónimo invéntese un algo para que sus futuras colaboraciones sean reconocidas bajo su etiqueta, jeje. Aunque sea póngase "anónimo 1". Y otra manera de colaborar es por TW: todo refiéralo a @esponjita que está bajo el nombre de "Margarita Bulgakov", la criatura de las flores amarillas... anímese querido lector. 

















10 junio 2016

Día del padre

(En general, todo ataque de celos, son los celos primigenios por papá)

Una vez mi papá le compró a Aurora un conejo de peluche con un sombrero de paja. Que fuera de paja real el sombrero es muy importante, porque yo tuve una mascota llamada Bolita de nieve del Popocatépetl, que era un conejito gris. Lo llamamos así porque, cuando éramos niñas, mi papá nos llevó a las faldas del Popo, y fue la primera y única vez que vimos la nieve, pero era una nieve manchada de ceniza. Y Bolita de nieve del Popocatépetl, o Mixiote, como Aurora lo llamaba cariñosamente, se comió el sombrerito de paja. Y es que ese maldito conejo (el de peluche, no mi mascotita viva) me provocó el más amargo ataque de celos contra Aurora. 

Mi papá se lo compró sin razón alguna. Y es que todos los regalos que mis hermanos y yo recibíamos, estaban matemáticamente calculados para ser absolutamente equitativos. Una vez nos compraron unas muñequitas de trapo mayas. "Mayita" se llamaba cada una. Y nos contaron que había una mayita y un mayita, pero que mejor compraron las dos iguales para que no fuera a haber una bronca. Aurora y yo sentimos feo que aquella medida nos hubiera impedido tener juguetes complementarios. Ni que fuéramos tan payasas, pensamos. 

Pero sí lo éramos, o al menos yo lo fui aquella vez del maldito conejo. Porque mi papá lo vio en la tienda del aeropuerto, se lo compró a Aurora porque se le hizo hermoso, sin razón alguna, y cuando se lo regaló se quedó emocionadísimo esperando ver la cara de sorpresa de Aurora. Y luego no sacó nada para mí. Digo, no es que yo sintiera que en la vida me faltara un conejo de peluche con sombrerito de paja. Sólo es que, al comprender toda la escena de la emoción de mi papá al pensar en Aurora al ver el conejo, un golpe eléctrico cruzó mi espina dorsal: mi papá no me quiere, no al menos del modo espontáneo y gratuito con que quiere a Aurora. 

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El otro día pasé por el tendido de un vendedor que hace figuritas de limpiapipas de colores, y una de las figuras era un personaje de un jueguito que le gusta mucho a mi papá. Lo vi y pasé de largo, cuando me acordé que a mi papá le encantaba uno de esos personajes, y se lo compré. Y le saqué muchas fotos y se las mandé a mi papá, porque ¡vieran cuánta ilusión me hacía ver la cara que iba a poner! Y no, no fui defraudada. ¡¿Cómo sabes que es mi favorito?! me dijo.  Y un ratito después me acordé del mentado conejo... 

Y, caray, pensé. Es tan poco el amor y desperdiciarlo en celos. Porque aún tengo a mi papá, que está sano y a un telefonazo de distancia. Y todavía me puedo dar el placer de tener ese acceso de gusto por regalarle algo para que sonría. Y entonces me dio gusto que él hubiera podido hacer eso con Aurora alguna vez.

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Hace poco me agarró un ataque de nadie me quiere. Y uno tras otro se sucedieron ataques de celos. Hasta que me cayó un veinte. Cuando me dan esos celos lo que hay detrás es una tremenda necesidad de que alguien venga y se haga cargo de mí. ¿Cómo explicarlo? Quisiera que toda la incapacidad que tengo para quererme yo y ver por mí, la cargara otro. Por eso la necesidad de reconocimiento no tiene llenadera. Quisiera que existiera un alguien que me regalara todos los conejos con sombrerito de paja necesarios para llenar ese hueco enorme. Porque dentro tengo un hueco que no sé cómo cargar. Un hueco pesadote, como hoyo negro que siento que no puedo llevar, y quiero que venga un papá, y lo rellene con tonterías y amor espontáneo.

Porque lo que clama la esponjitita de 9 años es que venga papá y le diga: eres valiosa, eres importante. Cuando uno tiene 9 años, amar significa que vean por ti. Que alguien se haga cargo de ti. Y eso quiere decir también que venga alguien y te dé el reconocimiento que necesitas para sobrevivir. 

Pero esponjita ya no tiene 9 años. 

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A mitad de uno de los ataques de celos, de pronto comencé a hacer cuentas. Aquellos de quienes dije no me quieren, nunca me han querido, han hecho por mí muchas cosas. Muchísimas. ¿Qué tendrían que hacer los pobres para que al fin ten sintieras querida por ellos? (nótese la voz pasiva de la oración). ¿Regalarte un conejito con un sombrerito de paja?  

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¿Cuál es el origen del ataque de celos? Que la tesis me está costando un huevo. Así de fácil. Los celos surgen cuando me falta valor. Valor en el sentido de que siento que no valgo nada, y valor en el sentido de coraje. Me acobardo. Siento que ya no puedo, que no voy a poder, que me voy a diluir en el aire si no puedo redactar una tesis que dentro de muchos años (por ejemplo, 19) siga siendo referencia para cualquiera que quiera trabajar mi mismo asunto. 

Pero como dice siempre mi mamá (la que esta Navidad me regaló un montón de conejitos con sombrerito de paja), no queda más que hacer de tripas, corazón. 

Y ya no tengo celos. 

Quizás un poquito. Me quisiera querer como quiero a los otros. 

O quizás sí me quiero mucho, y por eso me doy el enorme placer de comprarle a mi papá su muñequito de limpiapipas de colores. O voy corriendo a la UAM a decirle al Asesor que encontré su nombre en un lugar de lo más extraño, donde se le informa al mundo que realmente fui muy inteligente cuando, nomás por no dejar, le pregunté ¿qué tienen qué decir esos medievales sobre las percepciones accidentales? y al escuchar su respuesta, lo escogí como Doktorvater