17 septiembre 2016

Espejito, espejito...



En un plática familiar, alguien muy querido nos contó que le preocupaba, cuando su hija era pequeñita, que no se identificara con las princesas en las películas de Disney, sino con los villanos. Y aquello me sorprendió porque, según cuenta la leyenda, cuando yo era pequeñita, mi heroína era la madrastra de Blanca Nieves. No, no Maléfica, porque en aquellos años mi versión de Blanca Nieves era una traducción de la versión de los Hermanos Grimm, y el verso del que aún me acuerdo era: 

–Espejito, espejito, dime tú por gentileza, ¿hay quien acaso en este reino quien me aventaje en belleza? 


Y cuando comencé con el alemán, fueron las primeras líneas que quise aprender: 


–Spieglein Spieglein an der Wand, Wer ist die Schönste im ganzen Land? 

(quizás ahí se notaran los primeros brotes narcisistas de Esponjita... quizá se note desde el momento en que quiero hablar del caso de mis personas queridas, y me pongo yo primero para introducir el argumento). 

La explicación de mi madre sobre mis preferencias era simplemente que la bruja de Blanca Nieves tiene más diálogos que los demás personajes. Mi explicación era que la bruja era mágica, y que estaba rodeada de libros antiguos y calaveras y retortas alquímicas (porque las ilustraciones de ese libro tenían una visión muy chick de la bruja: a su alcance tenía un laboratorio alquímico, no un muladar lleno de animales disecados). La preocupación de mi persona querida sobre las preferencias de su hija fueron lo que me llamó la atención: simplemente no se identificaba con los buenos, con el bien. Cuando uno es niño, cuando uno es adulto, siempre en cualquier momento de la vida, uno quiere estar del lado de los buenos. 

Entre los 3 y los 5 años es la edad de las princesas, me cuenta mi mamá. Y yo, sin mucha experiencia en crianza de niñas, se me ocurre que las princesas son objeto de imitación no porque sean las buenas de la historia, sino porque son las heroínas. Son las más bellas, las más virtuosas, las más poderosas, las más santas, las más amadas... porque entre los 3 y los 5 años uno es el centro de mundo y el referente respecto al cuál todo gira y adquiere su sentido. 

La posterior angustia de querer estar del lado correcto, viene después. La posterior angustia de querer hacer el bien, viene mucho después. La posterior angustia de no saber dónde se halla la justicia viene mucho, mucho, muchísimo después. 

***

Pero ¿quienes son los buenos? Las narrativas que nos convencen de la bondad de los héroes son tramposas. ¿Quién, a estas alturas, considera que Piolín es el bueno de la historia? Porque la narrativa es clara: Silvestre se quiere comer a Piolín y es el primero en atacar. Pero la crueldad repetitiva del pajarito, su actitud de mosca muerta, termina por cansar al espectador que desea que, al menos por una vez, Silvestre se lo pueda zampar. 

Sin embargo y con todo lo que tenga él de odioso, las princesas de Disney se parecen más a Piolín que a Silvestre. Son buenas, bellas e inocentes y son víctimas de una criatura llena de maldad, o bien por pura envidia narcisista, o bien por el puro placer de ejercer su poder sin límite. Pero a diferencia de Piolín, las princesas triunfan sobre el mal por un simple Deus ex machina y no por su ingeniosa crueldad.

El príncipe con la Espada de la Verdad y el Escudo de la Fe logra vencer al demonio-bruja, mientras que la princesa duerme durante cien años. O la doncella, reducida a servidumbre, logra liberarse de su funesto destino por el truco de un hada madrina y la incansable búsqueda de un príncipe enamorado. O, como Blanca Nieves, cuya suerte depende absolutamente de un camino accidentado y lleno de baches (pues en la versión del los Hermanos Grimm, Blanca Nieves no despierta por el beso del príncipe, sino porque la cohorte del príncipe que lleva a su castillo el catafalco de cristal, tropieza, y eso provoca que el pedazo de manzana encantada salga de su cogote, permitiéndole respirar otra vez). 

Las princesas no son buenas: son inocentes. Y los villanos se retuercen de envidia porque ven amenazados sus privilegios por la virtud intrínseca que tienen aquellas heroínas que lo son todo, menos agentes de su propia virtud. Las princesas de Disney son caracteres pacientes en espera de que el universo entero se ponga en marcha para ejercer la justicia a través de sus impávidos cuerpecitos. Están llenas de virtudes pero ninguna depende de ellas. Son ingredientes de la bondad, pero no son buenas.

***

Todas las mañanas nos miramos al espejo. Hay quienes no pueden hacerlo porque piensan que ya no son buenos. Otros simplemente le preguntan al espejo si han obrado de tal manera que aún le parezcan buenos a los demás. Y todos, al menos una vez cada cierto tiempo, exploramos cuidadosamente nuestra historia para ver si no ha anidado en algún pliegue la verruga de la mezquindad que pueda diseminarse por toda nuestra bondadosa alma. 

Y al menos alguna vez nos hemos parado frente al espejito y le hemos preguntado, temerosos de su respuesta: 

–Spieglein Spieglein an der Wand, Wer ist der Gütigste im ganzen Land? 
(Espejito, espejito en la pared, ¿quién es el más bondadoso en toda la tierra?)


Die böse kleine Schwamm.



01 septiembre 2016

calabaza

Hace 7 años asistí a mi primer Gran Baile-Workshop... o sea, era un Taller de Filosofía Antigua, pero en aquellos ayeres yo era una Cenicienta que por obra y magia de un hada madrina estaba codeándome con la nobleza académica de aquellos días. Y había un príncipe también. 

De aquellos días memorabilísimos tengo unos recuerdos muy precisos. Uno es el cómo mientras leía el texto que tenía que leer, yo no entendía absolutamente nada de lo que leía. Otro son los ojos absolutamente azules de un inglés caballeroso. Y otro es cómo compartí un cigarro con alguien que sospecho que leía todo lo que yo escribía en este blog en ese entonces, y que en ese entonces había algo que ya no existe hoy. Pero, sobre todo, recuerdo la sensación de una Cenicienta a la que habían invitado al baile. 

Para ser honestos, aquella vez fue la primera y la última que participé realmente en ese Baile Anual-Workshop, porque luego decidí mudarme de reino y cambiarme de Príncipe. Y aunque fui y bailé en otros Bailes-Workshops, y participé, y leí textos sin entender qué era lo que leía, de vez en cuando he sido convidada de la última noche del Baile-Workshop de mi antiguo reino de Filosofía Antigua. Y anoche ocurrió también. Pero aquello ya se volvió un simple Workshop, quizás porque hace muchos años que sonaron las 12 campanadas, y todo se transformó en calabaza. 

Y entre todas, la primer calabaza fui yo, porque me di cuenta de que ya no tengo edad para ser princesa ni doncella, ni compartir cigarros con el Príncipe encantador. Lo otro que se hizo calabaza fue el halo de misterio que rodeaba a aquella nobleza académica. Ahora se me aparecen como gente normal, blanquísimos de piel, de ojos azulísimos, de erudición e inteligencia impresionante... pero tan gentes como uno. Tan gentes como todos los demás, y cuyo único valor es ser eruditísimos y muy inteligentes. Pero su rango metafísico ha decaído a ser simples gentes. 

Y a estas alturas ya no sé si extrañar la magia que tenía todo, incluyendo al Príncipe Encantador que compartía cigarros conmigo, o remorderme por aquella intensidad tan luminosa que, después de cegarme, me trajo dando tumbos.


***

Justo hace diez meses cené en el mismo lugar en el que anoche cené con el Príncipe Encantador, el hombre blanquísimo de ojos azulísimos, y una comitiva que lee en griego. 

La comitiva del año pasado leía en latín. Y aquella noche compartí la mesa con otro Príncipe y con otro hombre eruditísimo de ojos azulísimos y piel blanquísima. Y este Príncipe de aquél día, sentado entre el hombre blanquísimo y yo, hablaba castellano en su oído izquierdo y alemán en su oído derecho. Y se tendió de puente entre dos continentes.

Hace 10 meses exactamente los tres nos encontrábamos ultimando detalles para que yo pudiera irme hasta la fría Alemania con el hombre del corazón calidísimo y cuya mansedumbre le hace acreedor a la herencia evangélica. 

Y anoche eso fue lo más extraordinario: recordar el momento preciso en que conocí al hombre extraordinario cuya luz iluminó mi camino mucho antes de que yo supiera de su existencia... 






07 agosto 2016

Alemania

Quisiera escribir algo, pero no se me ocurre qué. Quisiera tener algo qué decir. Algo sobre Alberto Magno, por ejemplo. Eso sería genial. Algo sobre lo que estoy entendiendo. El problema es que no estoy entendiendo nada. Estoy tan ocupada en cómo llegar a Alemania que ya no estoy segura de para qué voy. Ah, sí. Para hacer una tesis sobre Alberto Magno. Sí, para aprender a leer manuscritos. Quizás para aprender bien alemán. Quizás para conocer París, Dresde y Praga. Y Berlín. De Berlín sólo quiero ver en vivo las puertas de Brandenburgo. Y quisiera ver Frankfurt porque S. me ha hablado mucho de Frankfurt. Porque en Frankfurt brotan los S. Me imagino ir a un vivero lleno de S. 

Quiero ver el Danubio y el Rhein. El Donau y el Rin. El portento de un país que ha conservado sus ríos citadinos. Quiero conocer el Elba porque lo leí en Vonnegut, y subirme al teleférico que describe Tellkamp (Uwe) en La torre. Y ver, aunque sea de lejos, los bosques donde andaba Caperucita Roja. Y si no es mucho pedir ver ese lugar donde Varo perdió las legiones de Augusto. Pero sobre todo quiero ver el Danubio y ver si es azul. Y sí, quiero ver las puertas de Brandenburgo, y las cúpulas que los ángeles de Wim Wenders sobrevolaban. A color o en blanco y negro. Da igual. 

Quiero ir a Colonia. Ver la tumba de Duns Escoto. Si me muero allá, déjenme allá. No me iré cantando México lindo y querido. Prefiero de epitafio, Colonia me tenuit. 

Tengo mucho miedo. 

Como sea, en el peor de los casos dormiré bajo el Kennedybrücke. No tengo idea de cómo sea Bonn. cuando era niña, era la capital de la República Federal Alemana. Y es que este viaje debí planearlo hace más de diez años. Debí estudiar alemán e inglés antes, mucho antes, cuando aún estaba para estos trotes. Cuando el que entonces era mi asesor me dijo Paloma, ni que tuvieras ochenta años. Ya tengo ochenta años. Ya tengo ciento sesenta años. Pero no he vivido. Siento como si los últimos diez años se me hubieran perdido en algún lado, y simplemente no los encuentro, como cuando se pierden las llaves y voy tarde a algún lado. 

Siento como si el día que cumpla 40 años fueran a cortarme la cabeza. Como si ese día fuera a acabárseme la juventud, la fuerza, el valor... todo. Y eso es gracioso, porque a esos señores (die Herren) los conocí justo poco después de que cumplieron 40 años. Y es que entonces me parecían extraordinarios y bellísimos, y justo en su punto. Como si en ellos la vida estuviera en flor, como si fueran un jardín de cerezos en primavera. Y se me hace tan injusto pensar que justo cuando arribe yo a esa edad ya voy a estar marchita. 

Quizás al final por eso decidí irme. Porque de veras ya no hay nada qué perder. Y si he de irme, he de irme a lo grande. He de pasar por París, aunque jamás haya entendido la geografía relatada en Rayuela. He de pasar por Dresde y su Elba, a quienes les escribí un cuento sin haberlos visto nunca. Voy a Europa a ver ríos y ríos y ríos. Y manuscritos. 

Voy a la tierra de un antiguo filósofo que ni siquiera se imaginó que pudiera existir la mía. A una tierra cuya lengua parece un sofisticado mecanismo de relojería. Voy a buscar a Caperucita Roja y a los 7 enanos. 

***

Hoy me acordé cuando le regalé por primera vez un libro a un señor que andaba a penas por sus cuarenta años. Cuando nos despedimos, se golpeó contra una puerta de cristal. Y es que él entonces era un jardín de cerezos en primavera, una jacaranda cuajada de flores, era los jardines de Versalles. Él era la ceiba que sostiene la cúpula celeste, y todos los pájaros que cantan justo antes de que se meta el sol. ¿Qué voy a hacer ahora, tan lejos del Sol? ¿qué voy a hacer ahora en una tierra cuyas temperaturas pueden matar a la gente? ¿qué voy a hacer allá, tan lejos de mi geografía tropical?

***

Hoy me acordé de cuando todos hablaban alemán en una clase, menos yo. Entonces un señor, que apenas andaba por sus cuarenta años y tenía rostro de escultura griega, me dijo pues aprende. Y heme aquí, haciendo contorciones con los verbos que se parten y hacen split, y sustantivos que se flexionan, y hacen la más larga Frankensteinwort. Y alguna él vez me dijo que no, que a Alemania no. Que incluso para él que los conoce, son demasiado fríos. Pero heme aquí, necia, yéndome a vivir debajo de un puente que cruza la frontera entre Roma y las tierras Bárbaras. A Alemania voy a conocer la nieve. 

***

Voy a Alemania porque es el centro del mundo. Yo, la umbiloselenopolita, nacida en un centro, un ombligo, descentrado. 

09 julio 2016

Sandor Salas

Esta historia comienza con el Dr. Salas sentado en una silla en una habitación oscura, las manos atadas a la espalda y un fuerte dolor de cabeza. El Dr. Salas era irremediablemente miope y al abrir los ojos, aunque no podía ver nada por la falta de luz, supo inmediatamente que no traía sus lentes puestos porque su nariz se sentía inusitadamente ligera. 

(escribo sin pausas. Lo cuál cuenta como estilo cuando escribo cuentos, pero es una monserga cuando escribo... esas otras cosas que escribo. Qué les importa qué) 

Y es que el Dr. Salas no tenía mucho dinero para comprar esos elegantes anteojos de tres piezas. Sí, esos sin marco, y de algún material ultramoderno en las micas que no pesa la barbaridad de dioptrías con que cargaba en la vida. Alguna vez trató de usar lentes de contacto pero el mundo súbitamente le pareció inmenso y terrorífico, y después de verse insultado por el tamaño de los precios y de los envases en la primer vinatería a la que entró saliendo del oftalmólogo, regresó a su casa a montarse de nuevo los pesados cristales que mantenían al mundo pequeño y ordenado, y que además colaboraban con mantener a Salas pegado a la superficie terrestre... porque las gafas pesaban mucho y Salas era un hombre pequeño y ligerito. Medía poco más de 1.60 lo cuál para un varón en esta ciudad no era tan grave, pero cuando hizo el doctorado era una calamidad, pues se le ocurrió estudiar entre Islandeses. Los lentes de contacto le recordaron la espantosa sensación de habitar un mundo donde él era desproporcionadamente pequeño. 

(escribo sin pausas y sin orden. En un cuento eso puede tener mucho estilo, pero en lo otro...)

El pequeño Dr. Salas movió las muñecas atadas a la espalda pero aquello era muy doloroso. Quien fuera que lo había atado lo hizo con saña... o quizás simplemente temía que sus muñecas pequeñitas se liberaran fácilmente. Trató de mover los pies y de nuevo la fuerza de las cuerdas, o cables, o lo que fuera, lo lastimaron. Una cuerda más pasaba por su estómago, y Salas dio un profundo suspiro preguntándose a quién demonios había hecho enojar tanto como para que lo hubieran puesto en esa incómoda situación porque, evidentemente, nadie lo había secuestrado para quitarle los dos centavos que no tenía, ni mucho menos para pedirle rescate a nadie porque... por la misma razón que sospechaba que más bien era la inquina y rabia de alguien más lo que lo había puesto ahí. Porque Salas había hecho enojar a mucha gente. Pero nosotros, querido público, no nos enteraremos de a quién había hecho enojar tanto, porque el único nombre que alcanzó a brotar de sus labios angustiados fue Marina, pero antes de que sepamos quién poseía semejante nombre se abrió violentamente la puerta de la habitación donde Salas estaba amarrado. 

(sí, así mero escribo. Sin subtítulos) 

 Quien entró prendió la luz que cegó inmediatamente a Salas. Oyó unos pasos pesados acercarse y percibió un tufo pesado que tardó en identificar: alguien estaba fumando un puro. Oyó un garraspeo y de pronto sintió la violencia de un aplauso frente a la nariz. 

(aquí comienza a ponerse bueno el asunto porque lo otro que yo sabía hacer eran diálogos). 

¡Abre los ojos, Salas!

Salas trató pero la luz lo lastimó. El tipo que fumaba puro le dio una bofetada. Por primera vez durante toda esa aventura, Salas agradeció no traer puestos los anteojos. 

¡Abre los ojos! ¿Me reconoces? 
—Sin anteojos no puedo reconocer ni a mi madre... deje me acostumbro a la luz. 
—¡¿Quién demonios es María Ulloa?! ¡Habla!

Se quedó atónito. Sí, había dado al clavo: la causa era Marina... Marina Ulloa. Él no conocía a ninguna María Ulloa, pero toda la vida, o al menos el rato que convivió con ella, la eterna monserga era la confusión de Marina por Marina. Sí, alguna vez les salvó el pellejo. Y pues sí, la causa de su tragedia actual era Marina, pero no de la manera en que él se lo había imaginado. Y no, tampoco tenía mucha idea de qué responder. Él tampoco sabía quién era Marina Ulloa. Pero sabía cómo era, de qué color era su cabello, cómo eran sus ojos, a qué sabían sus lágrimas. De pronto se dio cuenta de que entraban gotas saladas a su boca, pero no parecía ser sudor: el sudor le habría hecho picar los ojos, y no: los ojos estaban anegados en llanto. 

–No... no sé... es decir, sí sé pero... 

El tipo amenazó con golpearlo, pero se detuvo al darse cuenta de la confusión de Salas, y al darse cuenta de que estaba algo así como que organizando sus ideas y que, efectivamente, sin anteojos era casi ciego. Salas escuchó cómo jalaban una silla. Finalmente consiguió abrir los ojos y los entrecerró para poder ver a su victimario. Era un tipo alto, delgado y de cabello oscuro, probablemente rizado por la manera en que se le pegaba al cráneo. No podía saber qué edad tendría, pero joven ya no era. Y, efectivamente, traía un puro entre los dedos. 

¿Quién es María Ulloa, Salas? 

¿Qué podía contestar? Podía hacerse el loco y decir que a María Ulloa no la conocía. Pero ya era demasiado tarde para confundir a su victimario. Pero de todos modos ¿qué decir? ¿que era una vieja amante a la que dejó con un palmo de narices y abandonada en un país extranjero hace veinte años, probablemente con un hijo? ¿Sin dinero, sin amigos, escondiéndose de la policía? ¿Sin pasaporte? Lo del pasaporte fue pura equivocación: al huir de España, Salas lo tomó sin querer, y no se dio cuenta hasta que llegó a México. Pero de todos modos ¿para qué lo quería Marina si de todos modos ese documento la iba a refundir en la cárcel de por vida? ¿Para qué lo quería si su identidad era su principal verdugo? ¿De veras lo tomó por equivocación? Era un pasaporte de pastas rojas, no cómo el suyo azul marino. Con la mente confundida, de pronto a Salas lo asaltó una idea...

¿Lo confundió conmigo? 

El tipo se levantó de golpe, se dirigió violentamente a Salas e, histérico, lo tomó  por la solapa: 

¿Tienes una maldita idea de quién soy yo? ¡¿no me reconoces, Salas?!

—Supongo que usted se apellida Salas también, ¿verdad? 

El hombre por fin comprendió que Salas era incapaz de reconocerlo, lo soltó y se dejó caer con todo su peso sobre la silla. Buscó algo en el bolsillo... sí, sí, era una cajita de cerillos, alcanzó a percibir Salas, y el hombre volvió a prender su puro. Dio una bocanada, suspiró, y se dirigió a Salas.

—No... no soy Salas. Pero eso creyó tu María
—Marina... se llama Marina. No María. Marina Ulloa... ¿y... está viva?
No, Salas, no está viva. Ya no. 

(luego me pasan estas cosas. Ya no sé qué seguir escribiendo. Me pasa con los cuentos y... con la otra cosa. Dejemos esto en veremos a ver si se me ocurre algo. Porque ¿saben? Esa Marina era... ya se enterarán. También se blofear... sé prometer. Sé fallar).

ACTUALIZACIÓN:

Querido lector, ¿quién es Marina? ¿A qué se dedicaba? Opínele querido lector. Si comenta como anónimo invéntese un algo para que sus futuras colaboraciones sean reconocidas bajo su etiqueta, jeje. Aunque sea póngase "anónimo 1". Y otra manera de colaborar es por TW: todo refiéralo a @esponjita que está bajo el nombre de "Margarita Bulgakov", la criatura de las flores amarillas... anímese querido lector. 

















10 junio 2016

Día del padre

(En general, todo ataque de celos, son los celos primigenios por papá)

Una vez mi papá le compró a Aurora un conejo de peluche con un sombrero de paja. Que fuera de paja real el sombrero es muy importante, porque yo tuve una mascota llamada Bolita de nieve del Popocatépetl, que era un conejito gris. Lo llamamos así porque, cuando éramos niñas, mi papá nos llevó a las faldas del Popo, y fue la primera y única vez que vimos la nieve, pero era una nieve manchada de ceniza. Y Bolita de nieve del Popocatépetl, o Mixiote, como Aurora lo llamaba cariñosamente, se comió el sombrerito de paja. Y es que ese maldito conejo (el de peluche, no mi mascotita viva) me provocó el más amargo ataque de celos contra Aurora. 

Mi papá se lo compró sin razón alguna. Y es que todos los regalos que mis hermanos y yo recibíamos, estaban matemáticamente calculados para ser absolutamente equitativos. Una vez nos compraron unas muñequitas de trapo mayas. "Mayita" se llamaba cada una. Y nos contaron que había una mayita y un mayita, pero que mejor compraron las dos iguales para que no fuera a haber una bronca. Aurora y yo sentimos feo que aquella medida nos hubiera impedido tener juguetes complementarios. Ni que fuéramos tan payasas, pensamos. 

Pero sí lo éramos, o al menos yo lo fui aquella vez del maldito conejo. Porque mi papá lo vio en la tienda del aeropuerto, se lo compró a Aurora porque se le hizo hermoso, sin razón alguna, y cuando se lo regaló se quedó emocionadísimo esperando ver la cara de sorpresa de Aurora. Y luego no sacó nada para mí. Digo, no es que yo sintiera que en la vida me faltara un conejo de peluche con sombrerito de paja. Sólo es que, al comprender toda la escena de la emoción de mi papá al pensar en Aurora al ver el conejo, un golpe eléctrico cruzó mi espina dorsal: mi papá no me quiere, no al menos del modo espontáneo y gratuito con que quiere a Aurora. 

***

El otro día pasé por el tendido de un vendedor que hace figuritas de limpiapipas de colores, y una de las figuras era un personaje de un jueguito que le gusta mucho a mi papá. Lo vi y pasé de largo, cuando me acordé que a mi papá le encantaba uno de esos personajes, y se lo compré. Y le saqué muchas fotos y se las mandé a mi papá, porque ¡vieran cuánta ilusión me hacía ver la cara que iba a poner! Y no, no fui defraudada. ¡¿Cómo sabes que es mi favorito?! me dijo.  Y un ratito después me acordé del mentado conejo... 

Y, caray, pensé. Es tan poco el amor y desperdiciarlo en celos. Porque aún tengo a mi papá, que está sano y a un telefonazo de distancia. Y todavía me puedo dar el placer de tener ese acceso de gusto por regalarle algo para que sonría. Y entonces me dio gusto que él hubiera podido hacer eso con Aurora alguna vez.

***

Hace poco me agarró un ataque de nadie me quiere. Y uno tras otro se sucedieron ataques de celos. Hasta que me cayó un veinte. Cuando me dan esos celos lo que hay detrás es una tremenda necesidad de que alguien venga y se haga cargo de mí. ¿Cómo explicarlo? Quisiera que toda la incapacidad que tengo para quererme yo y ver por mí, la cargara otro. Por eso la necesidad de reconocimiento no tiene llenadera. Quisiera que existiera un alguien que me regalara todos los conejos con sombrerito de paja necesarios para llenar ese hueco enorme. Porque dentro tengo un hueco que no sé cómo cargar. Un hueco pesadote, como hoyo negro que siento que no puedo llevar, y quiero que venga un papá, y lo rellene con tonterías y amor espontáneo.

Porque lo que clama la esponjitita de 9 años es que venga papá y le diga: eres valiosa, eres importante. Cuando uno tiene 9 años, amar significa que vean por ti. Que alguien se haga cargo de ti. Y eso quiere decir también que venga alguien y te dé el reconocimiento que necesitas para sobrevivir. 

Pero esponjita ya no tiene 9 años. 

***

A mitad de uno de los ataques de celos, de pronto comencé a hacer cuentas. Aquellos de quienes dije no me quieren, nunca me han querido, han hecho por mí muchas cosas. Muchísimas. ¿Qué tendrían que hacer los pobres para que al fin ten sintieras querida por ellos? (nótese la voz pasiva de la oración). ¿Regalarte un conejito con un sombrerito de paja?  

***

¿Cuál es el origen del ataque de celos? Que la tesis me está costando un huevo. Así de fácil. Los celos surgen cuando me falta valor. Valor en el sentido de que siento que no valgo nada, y valor en el sentido de coraje. Me acobardo. Siento que ya no puedo, que no voy a poder, que me voy a diluir en el aire si no puedo redactar una tesis que dentro de muchos años (por ejemplo, 19) siga siendo referencia para cualquiera que quiera trabajar mi mismo asunto. 

Pero como dice siempre mi mamá (la que esta Navidad me regaló un montón de conejitos con sombrerito de paja), no queda más que hacer de tripas, corazón. 

Y ya no tengo celos. 

Quizás un poquito. Me quisiera querer como quiero a los otros. 

O quizás sí me quiero mucho, y por eso me doy el enorme placer de comprarle a mi papá su muñequito de limpiapipas de colores. O voy corriendo a la UAM a decirle al Asesor que encontré su nombre en un lugar de lo más extraño, donde se le informa al mundo que realmente fui muy inteligente cuando, nomás por no dejar, le pregunté ¿qué tienen qué decir esos medievales sobre las percepciones accidentales? y al escuchar su respuesta, lo escogí como Doktorvater

04 mayo 2016

La era de Acuario

Leí este artículo a través de @NeuroticMariana y @tazy, y aunque debo reconocer que mientras lo leía quería patear al tipo, creo que le da al clavo en algunas cosas. Pero más más importante es uno de los comentarios que le hacen... que está tan "a modo" que quizás se lo haya inventado el mismo autor. No sé... pero en conjunto el artículo y el comentario muestran una idea que ha rondado mucho mi feminista cabeza últimamente. Ande, querido lector, lea el artículo y el comentario. Yo lo espero. No me muevo de aquí.

¿Ya?  Bueno, sigamos. 

Nací a principios de los 80's y a pesar de haber nacido entre la clase media del Distrito Federal, hice la secundaria con lo que podríamos llamar la clase media baja tirándole a pobre de San Luis Potosí. Mientras algunos de mis compañeros de la primaria hicieron el bachillerato en Bélgica, los de la secundaria se movían en una línea crítica entre heredar el oficio de albañil de sus padres o entrar a la Universidad para ser ingenieros.  En mi secundaria convivían dos clases sociales, económicamente a penas distintas, pero socialmente muy diferenciadas: la gente que contrataba sirvientas, y la gente para quien ser sirvienta era una opción perfectamente aceptable. Esa distinción, sin embargo, no fue jamás suficiente para determinar quién llegaba a la universidad. 

Y, sin embargo, los roles de género en ambas estaban arraigados con mucha fuerza y sin discusión alguna.

Así, tuve un profesor que decía que las mujeres estudiaban para ayudarles a sus hijos con la tarea, pero que el objetivo de la mujer era estar casada. Cuando lo fui a acusar con mi profe de matemáticas, la respuesta fue simple: lo que él no sabe es que ya entramos a la era de Acuario... pero a pesar de todo aquello, me tocó ver estudiantes mujeres del cuadro de honor que no recibieron apoyo alguno para hacer el bachillerato. Lo cuál, seamos honestos, no es peor que lo que le pasaba a las malas estudiantes: a pesar de que la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos dice que la secundaria es obligatoria, sus papás le explicaron que estar en la escuela era un privilegio... que no se merecían por ser mujeres. 

Digamos que todo aquello era demasiada desigualdad de género ante mis ojos, y por el contexto social y familiar del que yo provenía, siempre vi esas tragedias como si yo fuera inmune a ellas. Y, sin embargo... 

***

Por razones que no viene al caso explicar, la educación de género que yo tuve fue... extraordinaria, para mi época y para todos los círculos sociales en los que me tocó crecer. Fue mi papá quien me explicó, a los 4 años, que no había juguetes para niños y para niñas: que todos los juguetes eran para todos... lo que me metió en mis primeras disputas feministas con la tía A. que a mi primo R. le regaló un camioncito y a mi una muñeca. Por más razones que no viene al caso despepitar aquí, desde muy niña supe yo que ser homosexual no era equivalente a querer vestirse de mujer; que había mujeres marimachas porque les gustaban otras mujeres, y que eso estaba bien. Y fue esa razón que no voy a venirles a despepitar aquí, la que me hizo investigar esos asuntos desde muy chica. 

Y, sin embargo... 

Y sin embargo yo deseaba con una nostalgia tremenda haber sido hombre y no mujer. Porque ser mujer para mí era tener una especie de deficiencia, de handycap con el cuál no se podía vivir con la misma facilidad que un hombre. La opción no era ser una mujer liberada, sino ser hombre. Más que privilegios, yo veía a los hombres como seres humanos completos, y a las mujeres como siempre teniendo que demostrar que nuestra falla no era tan grave. 

Y así crecí con esa misoginia introyectada: maquillarse, usar falda, jugar con muñecas, disfrutar la joyería, todo eso eras signos inequívocos de debilidad mental. Y yo procuraba vestirme de la manera más masculina posible, lo cuál siempre era frustrante porque una mujer que se viste de hombre, más bien parece un hombre gordo y mal hecho. Así que los pantalones de mezclilla, las playeras guangas y los tenis, eran una solución aceptable a la imposibilidad de pasar por varón, y evitarme los cuestionamientos... y había que estudiar una carrera de hombres para que quedara claro que no era un ser humano a medias. 

Pero no lo hice. Estudié filosofía. Pero esa es otra historia. Aunque una secreta vergüenza me ha acompañado muchos años por no haber tenido el valor de estudiar una carrera de hombres

Así que llegar a la conclusión de que se puede llegar a ser un ser humano sin necesidad de ponerse vendas en los pechos para poder vestir camisas planchadas y corbata, resultó muy, muy, muy complicado. Aprender que el tamaño de las tetas no es inversamente proporcional a la inteligencia, fue muy difícil (a pesar de que entre mayor es la copa del brassiere en mi familia, mayor es el SNI).

O sea, resumo: que la emancipación femenina no significa transformarse en varón, es una idea muy difícil de captar. Pero dada la naturaleza de lo femenino en nuestra sociedad, no es difícil introyectar el odio a aquello que nos constituye. Odiamos lo que somos. Y si lo odiamos, lograr huir de ello no es mala opción... es algo deseable. Es deseable dejar de ser mujer. 

Quiero aclarar una cosa: aquí no querer ser mujer no significa sentirse un hombre en el cuerpo de una mujer. Ése, creo, es otro problema muy diferente. No, aquí se trata de sentirse mujer, y odiar lo que se siente que una es. 

Por eso descubrir que hay otra manera de ser mujer, que no es degenerada sino legítima y propia, es una buena noticia. Pero asumir otra identidad está de la chingada de todas maneras, porque ni siquiera se trata de imitar otra manera de ser (como cuando quería ser varón): no hay qué imitar. 

Y la mitad de las cosas que hacemos al hacerlo, al principio, parecen aberrantes. Transformar el condicionamiento social no son enchiladas. ¿No me creen? Métanse a un baño de hombres. Así se siente cambiar y modificar un montón de hábitos y concepciones que tenemos sobre cómo funciona el tejido social a nuestro al rededor. 

Pero ser mujer, apesta. Luego: VALE LA PENA. 


***

Ahora bien, pónganse en los zapatos de los muy masculinos varones. La identidad a la que tienen que renunciar no es algo deleznable: es algo que les otorga valor. Y eso es lo que pasamos de largo con mucha frecuencia. 

El valor se ve como un privilegio desde la posición del oprimido. Pero desde el punto de vista de quien lo ostenta, simplemente son las condiciones que le otorgan valor. Y cuando se le pide renunciar a sus privilegios, se le está pidiendo abandonar su identidad sin un modelo que imitar. Y así como para muchas mujeres avanzar consistía en alcanzar posiciones que antes eran privilegio de varones (y eso es valioso en sí mismo), para muchos hombres significa descender a posiciones inferiores: mujeriles. (Y todo eso ya lo dijo y explicó Octavio Paz en el Laberinto de la Soledad). 

Al acusar a los hombres de no avergonzarse de sus privilegios, lo que les estamos exigiendo es que se avergüencen de lo que son. De ellos mismos... y no hay para dónde hacerse. Si la lucha de las mujeres ha sido "por salir de casa", se entiende que estar en casa es lo chafa... 

Y de nuevo: entender que se puede ser varón de otra manera, sin dejar de ser varón y sin perder valor, es lo que está en chino entender. Por eso, la reticencia. 

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Moralizar la reticencia a aceptar que modificar algunos hábitos sociales no significa perder la identidad, es estúpido. No es que los machos sean malos. Y a pesar de que las luchas de derechos civiles han funcionado con un esquema de lucha de clases, aquí no puede operar de la misma manera. 

Porque, muchachas: ustedes tienen padres, hermanos, hijos, amigos varones. A quienes quieren proteger, a quienes respetan, de quienes reciben cariño. Y ¿quién quiere educar a un niño haciéndolo avergonzarse de lo que es? Es más fácil asesinar de un tiro al Zar y a toda su familia, símbolo de la opresión de clase, que a un hijo o a un amante. 

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El comentario al artículo del psiquiatra que teme que disparen contra él, muestra el verdadero problema. El comentarista reconoce no sólo que su mujer es mucho más chingona que él, sino que él mismo se ha beneficiado de las cualidades y fuerzas de ella. Pero siente una profunda vergüenza de ser un macho beta. ¿Porqué siente vergüenza? Porque su identidad está construida con la idea del varón proveedor. Su incomodidad no emana de la relación con su esposa, la cuál funciona perfectamente, sino de la vergüenza a posteriori de no dar el ancho como lo que se supone que es, de no alcanzar la actualización de su naturaleza, Aristóteles dixit. Sin esa idea, sería un hombre plenamente feliz. 

Lo que le daría paz mental sería comprender que hay otros modos de ser varón, donde quedarse en casa a criar a los hijos (que él tanto desea) es algo valioso y perfeccionador de su "naturaleza". Que es propio de ser hombre estar dos pasitos detrás de su mujer en ciertos aspectos. Que corresponde y plenifica su ser, el ser como es con su mujer. 

Y, de nuevo, no son enchiladas. Y, sin embargo, hay muchos varones muy bien dispuestos a generar una nueva sociedad donde los roles, el género y los genitales no estén ligados indisolublemente. Y, al igual que nosotras, tienen qué ingeniárselas para entender cómo hacer funcionar este nuevo aparato: no hay modelo que seguir, hay que construir el modelo con el que vamos a educar a los hijos, sobrinos y alumnos del futuro. Y al igual que nosotras, ellos también se equivocan. Pero no son nuestros enemigos. 

Esta es una buena época para vivir. Estamos montados en los hombros de los gigantes que iniciaron esta revolución. Ha llegado la era de Acuario, como dijo el profe René. 



Bueno, esta fue la procrastinación de hoy. 
Gracias por leer. 


Esponjis.

18 abril 2016

Zwei Deutschen

"Es gibt Menschen, die kämpfen einen Tag, und sie sind gut. 
Es gibt andere, die kämpfen ein Jahr und sind besser. 
Es gibt Menschen, die kämpfen viele Jahre und sind sehr gut. 
Aber es gibt Menschen, die kämpfen ihr Leben lang: 
Das sind die Unersetzlichen."

Bertold Brecht


"AL PUEBLO MEXICANO, LA COLONIA ALEMANA. 17 DE SEPTIEMBRE, 1925"
A la Alameda Central de la Ciudad de México la flanquean dos alemanes: en el extremo oriente, frente al Palacio de Bellas Artes, hay un monumento dedicado a uno nacido en Bonn, y en el extremo occidental, hay una estatua de uno nacido en Berlín. Paradójica se puso la Alameda. El nacido en Bonn es conocidísimo por todo el orbe pues es nada más y nada menos que un monumento a Ludwig van Beethoven. El monumento tiene a un arcángel y, arrodillado frente a él, a un hombre. Pero aunque la estatua es bellísima, lo más interesante es la placa que tiene en la parte de atrás: ahí se entera uno de que se trata de un regalo que la colonia alemana en México dio al pueblo mexicano, y está fechada el 17 de septiembre de 1925. Y ¿la otra estatua? Esa también es curiosa. A primera vista se trata de un joven, vestido decimonónicamente, con botas y, a sus pies, un libro que en griego dice KOSMOS y en relieve tiene una especie de telescopio. Tiene a sus pies iguanas y una pequeña representación, me parece, de Quetzalcóatl. Y sobre la rodilla flexionada, el joven tiene un mapa de América. El zócalo sobre el que está la estatua, reza: La nación mexicana a Alejandro de Humboldt, Benemérito de la Patria, 1799-1999. Y al verla por primera vez, pensé: un alemán típico. Viajero.





No tengo idea de cómo sean los alemanes que jamás han salido de Alemania. Pero a lo largo de estos años he aprendido que los alemanes que salen de Alemania son todo menos una excepción. Les gusta viajar y, sobre todo, colonizar nuevas tierras y nuevas patrias, y hacerlas fructificar. Por alguna razón, a muchos países les encanta importar alemanes que sepan cultivar la tierra, y todo lo cultivable. Y es así que me enteré que en Rusia había muchos alemanes (tanto así, que en la época soviética les quisieron hacer su propio Oblast), y que incluso de Alemania importaron ni más ni menos que a la zarina Catalina. Y, obviamente, en toda América hay muchísimas colonias alemanas. Y en la Wikipedia hasta mencionan a los alemanes brasileños, a los alemanes argentinos, y a los alemanes brasileños argentinos, porque son una colonia diferente de los alemanes que nada más son argentinos. Y hay alemanes antiquísimos como los Menonitas en México (que bueno, no son precisamente alemanes, pero casi), y otros más modernos como los alemanes de Chiapas (y en la película Das Boot, uno de los jóvenes marinos era, además de alemán, mexicano, y era justamente de Chiapas, y uno de los territorios recuperados por el EZLN en 1994 eran tierras de alemanes). Pero como en Alemania quedan todavía muchos, muchísimos alemanes, siempre hay nuevos viajeros, nacidos en Alemania, que se lanzan, de nuevo, a conquistar y cultivar el mundo. 

"LA NACIÓN MEXICANA A ALEJANDRO DE HUMBOLDT
BENEMÉRITO DE LA PATRIA
1799-1999"

Y así es como he conocido a muchos alemanes viajeros. De uno me acuerdo especialmente, que era un chico que vivía en el mismo edificio de P. El chico pretendía ganar un poco de dinero dando clases de alemán, y para sacarle las clases gratis, P. lo convenció de que en realidad no sabía suficiente español: lo puso a leer una traducción de Propercio hecha por Bonifaz Nuño... en dialecto bonifaciano. Al chico le dolió "corroborar" que no sabía tanto español como creía... pero no cayó en la trampa. Claro, este chico aseveraba que tanto el latín como el griego provenían del alemán... de donde se seguía que el español era nieto del alemán, lo que no sonaba tan descabellado... ¿Qué habrá sido de él? Conocí a otros muchos, como la chica que vivía en el Auditorio Che Guevara de la FFyL, y pretendía sobrevivir dando clases de alemán, pero resultamos demasiado inconstantes, y finalmente terminó yéndose a Chacahua y otras playas oaxaqueñas, a conocer mundo. Conocí a otros que vinieron de intercambio. A algunos les ganó la homesick, y otros se enamoraron rápidamente de mexicanos.




Y es por eso que me pregunto ¿cómo serán los alemanes que jamás han salido de Alemania? Y luego pienso que Alemania pues llegó a ser un territorio mucho más grande que ahora... lo que me hace acordarme de mi amiga polaca, Edita, la filóloga. Yo no sé qué súper poder tienen los polacos, pero siempre acaban hablando mejor que uno la propia lengua materna. O, bueno, Edita hablaba español mejor que todos los estudiantes de la clase de hebreo (y era mucho mejor en hebreo que todos nosotros, obviamente). Y una vez hizo un coraje tremendo: en el libro de hebreo había un mapa de Europa que, ante los experimentados ojos de Edita, era de... de otra época, con una Polonia chiquitita. Hizo un berrinche tremendo, pero sobre todo me acuerdo de cómo nos reclamaba ser menos cultos que los gringos. La Morá Mireya se sintió muchísimo (total, ese mapa era una fotocopia tan rara, que tenía unas rayas gordas, gordas, y a penas se distinguían unas bolitas que eran los países de Europa).

QUERIDO LECTOR: TÓMESE DOS MINUTOS PARA VER CÓMO A POLONIA LE DA POR APARECER Y DESAPARECER DEL MAPA REGULARMENTE:

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Así que P. y yo nos pusimos a investigar cómo había evolucionado el mapa de Polonia, y nos dio mucha risa ver cómo, dependiendo de la época, era grande, era chiquito, o ¡pum! desaparecía todo. Pero en aquella investigación, P y yo descubrimos un pedacito de Europa que jamás supimos qué demonios era: no tenía nombre... no era la provincia de ningún país adyacente... ¡no era un país! ¿qué era? Kaliningrado. ¿Cómo apareció ese pedazo de Rusia ahí, botado a media Europa? Y lo más sorprendente era que, durante muchos años todos nos sabíamos de memoria eso de que Kant había nacido en Königsberg y que nunca había salido de ahí pero ¿acaso a alguien se le ocurrió preguntar dónde quedaba Königsberg? ¡Vamos! que Kant nunca salió de Königsberg, pero Königsberg sí se salió de Alemania.

¿Ve, querido lector, cómo sale el pedacito ahí anónimo?
De niña me provocaba mucha curiosidad...
Y sí, Königsberg se salió de Alemania, y luego Alemania se partió en dos. La segunda reunificación, aprendí en la preparatoria, porque hubo una primera. Y otra cosa que me sorprende mucho de los alemanes viajeros que conozco, es que lo originarios de Alemania Occidental casi no conocen la parte oriental... y viceversa. Es decir, conocen toda Europa, ¡conocen América! pero casi no conocen el otro lado de su Alemania. Pero ¿cómo serán los alemanes que nunca han salido de Alemania? ¿Cómo Kant? No tengo idea. Pero sé cómo son los alemanes que, por caprichos del destino, llegaron a México a cultivar esta tierra y a plantar semillas. Y de pronto y sin querer, se cuelan a veces en sus conversaciones anécdotas de cómo riegan y podan a sus plantitas que vinieron a sembrar a esta tierra medio árida y medio caótica...




...y a veces he llegado a creer que la enorme paciencia que me tienen esos dos alemanes, no tiene tanto que ver con su disciplina –tan genética como la puntualidad de la que hacen tanto alarde– sino más bien con una vocación mucho más antigua de hacer fructificar la nueva tierra... como hicieron sus antepasados en Rusia, en toda Europa, en Argentina, Brasil, Chihuahua, y Chiapas... o en la occidental Benito Juárez y en la oriental Iztapalapa.


EN ESTE LINK HAY UNA CANCIÓN RARÍSIMA LITUANA DEDICADA A PRUSIA. PÍQUELE AQUÍ.



Alemán típico. De primera o segunda generación.