17 septiembre 2011

Valerio de las Alamedas (Golpe de Estado)

Valerio tenía una muy buena razón para apoderarse del hegemonikón de la autora: tenía que leer a Pessoa. Ella parecía estar muy concentrada en asuntos que no parecían involucrar el aprender portugués ni leer completo El Libro del Desasosiego.
La otra razón era buscar a Leonor.
Sin embargo, antes de tomar la decisión definitiva, Valerio tenía que asegurarse de una cosa: no perder su identidad qua Valerio al momento de hacerse del hegemonikón. De eso lo había advertido Julio. Y es que el joven sacerdote lo previno:

-¿Qué tal si la 'autora' no es nadie? es decir ¿qué tal si no es siquiera un personaje? Su 'identidad' es decir, eso que la hace ser 'ella', es un cúmulo selecto de memorias que, por alguna razón, están bien diferenciadas de las otras que no son 'ella'?

-¿Y eso qué querría decir?

-Que si tomas el control de ella, automáticamente ese conjunto de memorias se volverían tu identidad. Serías "tú" el que gobierna todo esto, pero sería con su personalidad, sus memorias, su... pues... ella. No habrías ganado nada. Quizás mirar por sus ojos nada más. Digo, eso ya sería una gran ventaja, pero ¿no te olvidarías de ti mismo?

El problema planteado por Julio era grave. Es más, pensó Valerio, ¿qué tal si en realidad tú y yo y todos los que estamos aquí no somos sino ella soñando? ¡Debí tomar aquél curso de filosofía hindú!... El problema no era poca cosa... ¿y si esos "ojos" que contemplan el mundo exterior son los mismos que son a la vez Valerio y Julio y... y si sólo es una sola conciencia todo, pero se halla esa misma conciencia disociada? ¿Y cómo saberlo?

-Tenemos que lograr extraerle información al "hombrecillo", a tu secretario –dijo Julio– Después del incidente con todas tus similitudines, me quedó muy claro que él es una especie de operador de la 'autora'. Es él el que quiere mover todos los hilos aquí adentro.

Valerio llamó a su secretario. El hombrecillo apareció, pero sin cara de buenos amigos. Era evidente que estaba advertido de las intenciones de Valerio. No dijo nada, sólo se le quedó mirando. El hombrecillo se revolvía, iba de allá para acá esperando que Valerio abriera la boca, pero no. Finalmente le espetó:

–¡Está bien! ¿qué quieres saber?

Valerio continuó en silencio. Fue cuando se dio cuenta de que el único poder que tenía sobre el hombrecillo era ese: al llamarlo, vendría. Si no lo despedía, no se iría. Si tenía la suficiente paciencia...

–¡Está bien! ¡no puedo decirte qué soy! ¡pero puedo cooperar contigo!

Valerio guardó silencio.

–¡Basta! ¡Qué quieres saber! Está bien, está bien... si quieres hacerte de poder aquí adentro, tienes primero que vaciar algunas –me oyes ALGUNAS– memorias, no todas. Te diré cuales son.

–No quiero vaciar absolutamente nada. Quiero que las mías estén en ese lugar.

–Es que están ahí también tus memorias. Es que no entiendes cómo funciona esto. Tienes que cambiar algunas de lugar, sólo algunas. Hay un lugar muy específico donde se guardan aquellas que la hacen ser 'ella'. Son demasiadas y jamás terminarías la mudanza.

–¡Por eso! ¡Sólo quiero que las mías también estén ahí!

–¡No! ¡No es tan fácil! ¡Entiende! Lo que la hace ser ella es una cantidad insoportable de información. Lo que te hace ser tú es tan sólo... ¡es menos del 1% de toda la información del Palacio. ¡El Palacio entero es su memoria! Y si quitaras todas sus memorias del Aula de la Realidad, simplemente no podrías actuar en el mundo...

–¡Te digo que no quiero sacar nada de ahí! ¡Sólo poner las mías!

–¡Es que no se puede! Entiende...

El hombrecillo, por primera vez, sacó un cigarro. Lo prendió y le ofreció uno a Valerio. Ambos se sentaron en una banqueta ¿En qué sueño o recuerdo se encontrarían? Valerio no prestó atención... de pronto se dio cuenta de que poseía algo "atención". No: él no podía reducirse a una alucinación de la Autora... de Camila...

–¡Yo, por ejemplo, no quiero "olvidar" que la Autora se llama Camila!. Al contrario: quiero saber todo lo que ella sabe, pero sin olvidar que quien ahora gobierna soy yo.

El hombrecillo suspiró. Lo volteó a ver haciendo acopio de paciencia.

–Trataré de explicarlo brevemente. No, no te voy a decir qué soy. Y no me vas a sacar toda la información que quieres. Si eso ocurriera, al hacerte del gobierno del Palacio de la Memoria, matarías a la Autora y a todos nosotros junto con ella. En fin... seré breve.

Dio una fumada y continuó.

–La geografía del Palacio es demasiado compleja. Todas las "memorias" están enlazadas por "asociaciones" (lo que descubriste muy pronto, estoy sorprendido). Sin esas asociaciones, cada "memoria" perdería su... su sustento, digamos, su sustancia. Ninguna es por sí misma, sino que requiere de las demás ¿ok? Pareciera ser que tu voluntad, la de Julio, y la de las poquísimas criaturas con 'autoconciencia' no poseen asociación alguna. Pero, digamos, tu "vestido", es decir, el llamarte Valerio, tus recuerdos, ser medio portugués... todo es tiene existencia y sentido por las asociaciones que hay aquí adentro.
Algo así pasa con la "identidad" de la Autora. Todo lo que la hace ser ella y funcionar en la realidad es una maraña de asociaciones. Una red perfectamente construida. No puedes superponer una red a otra, ni me queda claro si es posible modificar alguna parte sin descomponer todas las demás.
Para hacer lo que quieres, tienes que lograr cambiar de lugar la red que le permite actuar en el mundo con la red que te hace ser Valerio. Pero tu red está llena de agujeros. Por ejemplo ¿sabes tocar la guitarra?

–¿Y por qué tendría que saberlo?

–Porque la autora lo sabe. También sabe manejar un auto, comer... ¿has comido?

Valerio lo vio con cara de incredulidad ¡por supuesto que había comido! pero... bueno... ¿alguna vez había comido? Cuando se dio cuenta de que lo único que hacía en las novelas de la autora era tomar café (y el hecho de que dominaba el arte de ponerle azúcar) comenzó a mesarse los cabellos.

–Pero me estás preguntando por habilidades... y, disculpa, pero por alguna razón sé que unas son las habilidades y otras las memorias... incluso las memorias que tenemos sobre ellas.

El hombrecillo sonrió: Valerio no era estúpido. O mejor dicho: todo el conocimiento que tenía la Autora lo tenía Valerio, a pesar de que él no tenía idea a qué se dedicaba la Autora... ¿sería que la Autora tenía unas pequeñas conciencias dentro de sí, que querían darle golpe de estado, pero que en todo lo demás eran idénticas a ella?

–Lo que necesito– dijo Valerio, olvidando que ahora el hombrecillo era una especie de enemigo– es sustituir las memorias que tiene sobre quién es ella por las mías. Aunque las mías sean pobres. Y luego poner esas memorias suyas lo suficientemente cerca como para acceder a ellas cuando ya domine la realidad.

–¡Eso es fácil! –dijo Julio– ¡Tienes que crear un "personaje" llamado Camila... ¡ja! ¡Pero qué fácil es! ¡Sólo tienes que sustituir a Valerio por Camila!

–¡No entienden! ¡Si alguien grita en la calle "Camila" ella hará corto circuito! Porque está acostumbrada a voltear, seguro hay miles de asociaciones que pretenderán llegar a #nombre y que jamás hallarán #Camila.

–¡Eso no es cierto!– volvió a gritar Julio –Seguramente cuando alguien grite en la calle "Camila", no ocurrirá nada. Si gritan "Valerio" entonces voltearás, porque si Valerio y yo (¡y tú hombrecillo misterioso!) tenemos conciencia, y ésta es independiente de la de Camila, también poseemos una red interna. Dada nuestra naturaleza la red no está "adentro de nosotros" sino activa dentro de alguno de las Aulas del Palacio de la Memoria... Sólo hay que cambiarlas de lugar...

–¡Y cómo! ¡Cómo, bola de personajes de papel!

–Es que no somos de papel. Ya quisieras... no. Hemos sido creados y hemos obtenido un nuevo ser. Y eso es lo que te da horror, hombrecillo.

El hombrecillo, pálido, los contempló a los dos. Entonces Julio se acercó al hombrecillo y le tocó el hombro.

–Conozco tu nombre y por eso estás bajo nuestro poder. Conozco tu nombre y por eso tienes eterno salvoconducto con nosotros. Podemos destrozarte ahora mismo, y si con ello nos vamos al diablo Camila, Valerio y yo, es lo de menos: esta vida entre fantasmas no nos agrada y mejor sería tirar a Camila por la ventana o a las vías del metro. No nos importa su seguridad. A ti sí. Pero sabes que estás bajo nuestro poder, así que tendrás que obedecernos.

El hombrecillo palideció aún más y comenzó a sudar.

–Mañana, al momento en que termine la Vigilia, nos esperarás aquí con el mapa y todo lo necesario para iniciar la mudanza.

El hombrecillo desapareció. Valerio vio con sorpresa y mucha más desconfianza a Julio.

–¿Cómo se llama?

Cordura, Valerio, es la cordura de Camila. Teniéndolo bajo nuestro poder ya está dado prácticamente el golpe de estado.

3 comentarios:

Felicidad Batista dijo...

Esponjita, excelente trabajo, me ha encantado tu relato. Los diálogos están muy bien logrados.
Un abrazo

Esponjita dijo...

¡Oye! ¡Es un honor! Gracias :)...

Monsieur Descartes dijo...

Verdaderamente esto va tomando cuerpo. Me alegro por vos, deberías pensar en publicarlo como novela filosófica.