07 junio 2014

Nuestra Paloma

Nota: 
El él con cursivas se refiere a mi héroe.
"Monstruo", se refiere al tarado del Daniel.



No tiene caso que les cuente el chisme, fue una tontera: "le dijo, me dijo, me hizo". Eso no tienen ningún chiste ni tampoco les interesa gran cosa... además, para escribir un chisme de ese tipo ya están las entrenadas plumas del TVNotas y el TVyNovelas. No, no... el chisme fue vulgar y ni siquiera da para trama truculenta de telenovela/culebrón con villanos y heroínas. Lo extraordinario es todo lo que me fue revelado mediante él. 

Durante meses él comenzó a comportarse de manera... ¿errática? Quizás sea la mejor manera de describir su comportamiento, porque justo él es la persona más calculadora y planeadora del mundo... calculadora... o sea, no me mal entiendan: no calculadora en ese sentido de que toda aparente espontaneidad en su comportamiento sea fingida... aunque la mitad del tiempo me la pasaba preguntándome (¡y hasta soñando!) cuáles serían las verdaderas intenciones detrás de sus gestos. 

Pero cuando advino el comportamiento errático, durante un breve tiempo incluso me ilusioné —quizás, después de todo, resulta que sí le gusto un poquito— pensé, pero los gestos, por más que yo quisiera, no daban para sostener una interpretación de amor pasional escondido, de correspondencia en los afectos, ni nada por el estilo... y es que, justo eso: eran erráticos, poco planeados, excesivos. Excesivos en alguien que es sumamente moderado. Y, para colmo, eran gestos públicos. Lo que no podía entender yo era justo la publicidad del asunto, y eso era lo más incómodo... aunque la incomodidad es producto de cómo me las arreglo yo con mi autoestima, desacostumbrada a recibir cumplidos. 

El caso es que el tiempo pasó, los gestos se fueron atemperando y todo volvió a la normalidad... hasta que, una tarde de diciembre, el Monstruo vino y me contó la causa de todo aquello (o sea, el chisme aburridísimo). Es decir: el Monstruo me contó, muy quitado de la pena, cómo fue con él y obró para que se me excluyera de un asunto. Yo sólo pensé ¡qué poca! porque él había participado en el asunto, hasta que varias cuadras después, el Monstruo me pidió que lo esperara afuera de la Iglesia, a donde iba a comprar unos rompopes, para que nadie me viera con él. 

De pronto el homunculus que me habita, levantó una ceja y tomándome del cuello y poniéndome contra la pared, me dijo: 

–Este pedazo de imbécil te está contando campechana y descaradamente cómo actuó en contra tuya, como si no te lo estuviera contando a ti, sin culpa ni remordimiento alguno. Encima de eso, te pide que nadie se entere de que ustedes dos son amigos... y ostensiblemente te lo reitera fuera de la Iglesia, a ese lugar donde se supone, el católico va a buscar a Aquél del cuál no puede ocultarse. 

Pero no sólo me di cuenta de lo despreciable del Monstruo y de cuánto me maltrataba (yo misma) al pretender continuar su amistad... me di cuenta, para mi gran y enorme... e inaudita sorpresa... que él, lo que había tenido durante todos estos meses... era culpa. 

...culpa

Cada gesto desproporcionado cascó en su lugar. Pero lo que en realidad me fue revelado fue otra cosa: que él, que nada me debe ni me ha debido nunca, trató de reparar una falta que creyó haber cometido en contra mía. ¡Él

Fue entonces que un sentimiento de culpa me pareció de pronto un acto de generosidad... y es que el amor es así, generoso. Y sentí todos mis afectos correspondidos amplia y totalmente. Porque uno de los gestos que me pareció desproporcionado y raro, de pronto, adquirió pleno sentido: mi él, dijo mi nombre en voz alta y me dio eso que mi enflaquecido corazón quiso siempre: reconocimiento.

La lealtad se me presentó, entonces, como el legítimo y verdadero acto del amor. 

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