30 julio 2012

La bola se manifiesta

Segundo fascículo del cuento de la bola de cristal



En el momento no me pareció cara porque incluía el librito con instrucciones y que tenía un simpático capítulo sobre simbolismo jungiano. Se me hizo cara, en realidad, cuando llegué mi a casa y me esperaban el recibo de la luz, la cuenta del gas y diría que del teléfono, pero teléfono no tengo y la vecina, compadecida por mi reciente ruptura amorosa, decidió que la mejor manera de paliar la soledad era estar metida en internet. Y quería hacer su buena obra del día. 

Al recoger las facturas, me remordía la intemperante consciencia que, entre sus delitos, cuenta con una playera original de la selección de fútbol de Holanda, un pandero al que lorquianamente llamé "Luna de pergamino", una edición a colores del Tarot de Crowley y unos discos de música cátara que ni siquiera puedo tocar porque no me fijé que se reproducían en no sé qué carísimo aparato de sonido. Bueno ¿habría de colocar mi bola mágica de cristal en la estantería de tiendita de los horrores en la que estaba convirtiendo mi casa? Pero había que jugar un rato con la esfera... a algo, ¡qué se yo! 

Abrí el libro pero no pasé de las tres primeras páginas: con el griego aristotélico y el alemán barbárico tengo más que suficiente y no me iba a poner a aprender 'rajadismo-cristaloso-futurista'. Además parecía que mi bola estaba defectuosa: no tenía una sola rajadita. Su transparencia era apabullantemente perfecta (lo cual me pareció una estafa mágica). Decidí, pues, inventar mis propias reglas de cómo usar la bola mágica y 'pasarle mi energía'... "la calentaré", pensé...

...pero, bueno. Uno no "juega" a la bola mágica poniéndose a hacerse sarcasmos sobre el tendero que le dio a una muchos consejos para cuidar su juguete nuevo. Eso no es jugar. En mi "juego" no se trataba de calentar la bola para transmitirle mi "física" energía, sino de pasarle esa "energía" vitalista de la que hablan los eufóricos seguidores de la homeopatía (aunque sean doctores en física, que se la toman y hasta la recomiendan, aunque para ellos la fórmula de toda energía sea E=MC2). Sí, de esa energía que puede ser la 'materia' de la conciencia. Y en esa energía en la que no creo pero que, si existiera, sé como funcionaría. En subjuntivo, pues, me puse a jugar. 

Saqué de entre los trapos viejos una bonita tela de terciopelo (o pseudoterciopelo) que guardo junto a los calcetines (¿qué más da que tengan pelusa roja, si tienen pelos de gato?). Prendí unos apestosos inciensos, unas velas con forma de estrella (está bien, la declaración de culpas de mi incontinencia fue incompleta), coloqué la bola y cerré los ojos. Pasé las manos y comencé a repetir mis letanías sin sentido en falso latín de Era... total, lo que se necesitaba eran unas palabras sin sentido pero muy sonoras capaces de lograr altos niveles de concentración (y los juegos lo que imitan es lo externo: a la niña que juega a la comidita no le importa que el pastel de tierra sea de tierra, sino que guarde todas las formas de su manofactura). Y ¿para qué hacerlo en latín real, si para mi la magia es ininteligible?

(Me debatí un segundo entre Lorem ipsum y Ameno, pero el primero no funcionaba porque era latín a pedazos, no falso latín... la falsedad era muy importante...)

Cerré pues los ojos, pasé las palmas de las manos, previamente calentadas sobre la llama de mis velas, y dije con el ritmo de la canción:

Omanare imperavi emunare, ameno
omanare imperavi emunare, ameno.
Ameno, do re, ameno dorime, 
ameno do, dorime, reddo.

Lo que no sé es porqué de pronto se me ocurrieron unas palabras en latín verdadero: 

Sphaera Crystallina, mihi devela 
in animo suo occultam viam
et otibus meis suos
in verba verte somnos.


Me llevé las manos a la boca... ni siquiera yo  misma entendí inmediatamente lo que dije, y por poco me lanzo al diccionario para averiguarlo (pero no, no... tan mal se supone que no está mi latín). ¡Si yo sólo estaba diciendo de memoria las palabritas sin sentido de Ameno! ¿Y ahora? Pero tres segundos después reparé en qué había pasado exáctamente... le había pedido a la bola de cristal que me develara lo oculto de su corazón y transformara, para mis oídos, sus sueños en palabras... 

¡¡¡Maldita sea!!!

¡¡¿Se hace magia en mi y lo único que saca mi estúpido incosciente es su vocación de stalker?!!

Calenturiento, metiche, chismoso, posesivo y neurótico incosciente ¿logras hacer magia y lo único que se te ocurre es averiguar qué piensa ese tipo de tí?

(bueno, al fin y al cabo Fausto lo hizo todo por Margarita, ya harto de la pobre Sofía)

Pero antes de que mi acceso de rabia terminara con el momento mágico, la luz de las velas provocó una formación extraña dentro de la bola. O sea: extraña, no entendía qué era, pero un raro instinto de entenderle me angustió de pronto. Quise tocar la bola pero parecía como si se hubiera calentado con la llama de las velas... demasiado, como una taza de café caliente, como... como energía... 

Algo así como una llama danzó dentro de la bola... el corazón comenzó a latirme con fuerza, no sólo por ser testigo de lo improbable, sino porque realmente quería conocer el contenido de sus sueños... saber si aparecía yo, o si, al menos, había modo de hacerme presente en ellos... ¿podría tocar lo más oculto de su ánimo? Las manos me sudaban, el estómago se me puso duro, la lengua se me secó. La llamita poco a poco iba tomando forma... ¿sería él? ¿sería una proyección on-line de su incosciente? 

Pero el gato saltó desde el ropero a la mesa, tiró la la bola que rodó y a la que casi milagrosamente logré salvar... la magia se apagó junto a las velas y me quedé a oscuras... 

Estaba asustada. Guardé la bola. Ni siquiera sabía qué postura moral, cosmológica o metafísica tomar ante los acontecimientos... ¿le debería decir al psiquiatra? ¿y si acabo en el Fray Bernardino? 

Guardé la bola de cristal... pero sólo durante unas semanas... 




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Créditos: 
Fco. Solís, @alitter, es el autor del ensalmo mágico.

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