27 mayo 2013

Días de no fumar

Llevo quince días sin fumar. Estas son las deshiladas ideas que me ocurren mientras tanto.

También fui a la psicóloga.

Cuando me preguntó qué esperaba de la terapia, sentí cierta desesperación. Curarme, le dije. ¿Cómo definir curarme? Tener control sobre mi. También le dije que quizás necesitaba que me confrontara con aquello que tengo frente a las narices y no puedo ver. Pero en realidad lo único que quiero es volver a ser la que fui esos meses maravillosos en que tanto trabajaba y tan fuerte me sentía. Quisiera que, como en Despertares, me diera una medicina mágica que me levantara de la acidia. 

Quería un chocho. Uno desdeprimidor. Pero quizás lo que tengo descompuesto es el carácter. Entonces necesito mucha autoayuda filosófica estoica... tipo Séneca y así. O quizás lo que tengo descompuesta es mi cosmovisión. Entonces necesito tumbar mis valores y buscar otros nuevos. La pregunta es: ¿es un caso de intemperancia acrática, un problema de melancolía serotonínica o un asunto hermenéutico respecto al orden cósmico? Ojalá fuera lo primero... y ojalá las medicinas funcionaran. 

***

La enfermedad fue fácilmente diagnosticada. Días después fui con Ely a la librería y encontramos un tomo bilingüe de Emily Dickinson. Sí, esa mera que uso de avatar para mi perfil. Sí, esa mera que Daniel se encontró un día y dijo que era mi retrato y que por eso usé de avatar para esponjita. Esa pobre  loca de Amherst que a los 30 años decidió no volver a salir de su casa, y que lo cumplió. Cuya producción poética fue producida en una época sin blogs ni redes sociales, razón por la cual alcanzaría la fama póstumamente y sería uno de los basamentos de la poesía gringa. La pobre loca de Amherst enamorada de uno (o más, dicen los biógrafos) hombres casados. 

Dice Ely: ¿Y si eres su reencarnación?

Pienso para mi misma: sí, probablemente. Pero esta vez se me ocurrió nacer sin la mitad del genio de la vez primera. Sólo me quedé con la locura y una época de redes sociales para hacer más llevadera la locura. Amado siglo XX. Amado siglo XXI. Amado Ramón y Cajal y el descubrimiento de las dendritas y los axones.

Es fácil tener la certeza de que se nació sin el genio después de leer, junto con Ely, en el Sanborn's y después de un extraño pero agradable encuentro, El nombre de la rosa. Leerlo por turnos mientras nos tomamos una cerveza y leer aquella extraña especie de declaración de amor que hace Adso de Melk acerca de Guillermo de Baskerville. Y gritar ambas, como adolescentes, porque aquella descripción, que cierra subrayando la ausencia de lujuria en ese intenso amor carnal –la figura superficial–, casca perfecta y universalmente en cada una de nosotras. Es la descripción del asesor simbólico, le digo. Río, ríe, reímos... nos acaloramos... cerramos cada una nuestro ejemplar y nos vamos corriendo antes de que caiga la noche y caiga más lluvia. Y me voy pensando en el calorcito que dejan las palabras de Eco. De cómo eso mismo me pasó al leer El péndulo de Foucault, eso mismo aunque ya menos, con El cementerio de Praga. Y voy pensando que cualquiera que lea a Eco –a menos que se sea Eco, o Cortázar o Borges– sabe que no tiene el genio

Algo falló en la transmigración... 


***


También fui a ver Star Trek. 

Cuando era adolescente veía la serie, religiosamente, junto con mi abuelita. Pero Ray y mi mamá no la vieron. Así, ¿cómo iban a saber que el Capitán Kirk siempre y nunca se muere en ninguna y en todas las películas? ¿o cómo iban a entender qué era la bola de pelos que ronroneó al revivir gracias a la sangre de Khan? No lo sabían. Y menos aún la escandalosa que le armó tremendo drama a mi hermano por ver la película con nosotras y no respetar el montón de películas que tiene que ver con ella. Lo único bueno de esta soledad de la chingada le digo a mi hermano es no tener que lidiar con esas neurosis estúpidas por conseguir el control absoluto de la voluntad del otro. No, no se lo dije así. Sólo lo pensé. Sólo le dije que lo bueno de ser soltero era no tener que pelearse por esas cosas. ¿Cuáles? Eso es lo bueno de las palabras parcas. 

Qué más da, pienso, mientras me meto a buscar imágenes de Zachary Quinto, el nuevo Mr. Spock que por supuesto no es Leonard Nimoy, pero cuyos labios, si tan sólo fueran un poco más finos... sólo un poquito... serían como... como... como los de... 

Busco una foto en el teléfono o en el iPod (ya no recuerdo) para enseñársela a Ray y que entienda por qué me encantó el nuevo Spock (¡por Dios! ¡es difícil sustituir a Spock! ¡y lo lograron!)... y encuentro la foto y recuerdo cómo la obtuve. Y todo me da vergüenza. Me da vergüenza enseñársela, y que vea a quién creo que se parece. Me da vergüenza que sepa de dónde la saqué (¿una página de internet? ¡¿de dónde más, entonces!?). Me da vergüenza que me guste Zachary Quinto por esa y no por la obvia y evidente razón de que es absolutamente bello. Todo me da vergüenza. 

Me da vergüenza ir con la psicóloga y contarle del blog, de sus personajes. De los referentes de los personajes. Que me pregunte si alguna vez alguno de ellos (uno en particular) no me ha tirado la onda. Y yo me quede con cara de idiota sin poder responder. 

Porque si digo que sí, entonces seguro todo es producto de mi imaginación y es fantasía y paranóia mía.   Y si digo que sí, entonces mi desapego de la realidad será completo y habré acabado de vivir toda mi fantasía dentro de mi. 
Porque si digo que no, entonces soy una imbécil, incapaz de interpretar nada, o simplemente una especie de groupie... que algo perdió. Que algo perdió... pero que aún no alcanza a entender qué. Soy una imbécil que, cuando se acerca, se aleja. 
Pero si digo que sí, soy una imbécil que no toma en cuenta que, cuando se le acerca, él se hace instintivamente hacia atrás. 

Y no sé qué decir. Y me muero de vergüenza. 


***

Veo mi rostro. En el espejo, en las fotos, en la mirada de otros. Y me da vergüenza.

Hace años soñaba que me miraba al espejo y mi rostro estaba deforme. Despertaba y me veía en el espejo y, con tranquilidad, corroboraba que no, que no era para tanto. Ahora me veo el rostro, en el espejo, en las fotos, y percibo la deformidad. Anunciada ¿saben? anunciada desde que soy niña y conozco de antemano el padecimiento futuro. Es herencia materna, como la locura también. ¡Como la inteligencia! me dice furiosa, porque, dice, no reconozco también lo bueno que me heredó. 

Veo mi rostro. Le tengo miedo. Me escondo. No quiero que nadie vea cómo es. No quiero verme al espejo (¡el oráculo, el oráculo!). Y luego pienso: eso es lo que ven todos, todos los días. Y subo una foto de ese rostro deforme. Eso es a lo que le tengo miedo: al espejo. Y a eso voy a la psicóloga: a que me enseñe a enfrentar esa espantosa imagen del espejo. ¡El oráculo, el oráculo!

***

"Tú sabes que te considero parte de mi vida..." así debería iniciar una conversación con él sabe quién. Él lo sabe de cierto, así que, lector, si tú te preguntas si eres tú, no lo eres. Él lo sabe. De cierto. 

"Tú sabes que te considero parte de mi vida" porque soy la reencarnación de la loca de Amherst, pero provista de redes sociales. Es decir, soy una mosca encerrada, tan encerrada como ella, pero las paredes de mi cárcel son cristalinas y, al tratar de alcanzarte a ti, o a ellos, o a todos, me doy golpes y golpes contra el vidrio. Estoy atrapada dentro de mi. Y eres uno de todos aquellos que quiero alcanzar, y sólo en ese sentido, causa de todos los moretones. 

Y supe que te considero parte de mi vida cuando recuerdo una conversación. Me confesabas, entonces, una de tus identidades cibernéticas. Y de pronto me di cuenta de que aquella conversación había sido através del chat, pero en mi memoria estaba muy mal ubicada. Porque parecía conversación entre las sábanas después de hacer el amor o algo así. A oscuras, viendo la imagen ténue de la ventana a través de la cortina ¿noche de luna? ¿algún vecino con la luz prendida? Suena la bomba de agua del edificio, no hay mosquitos así que todavía debe ser invierno. Tengo la imagen, tan clara, pero no corresponde a la realidad porque tú y yo nos hemos visto muy pocas veces en la vida, y siempre de lejos, y siempre en la calle, y nunca peligrosa o suficientemente cerca. Pero tanto platicamos, tanto así, que te recuerdo de esa manera tan equivocada. 

"Tú sabes que te considero parte de mi vida" y por eso he decidido recurrir a ayuda profesional, porque no lo eres... 

ni lo son ellos... 

...ni lo soy yo



la loca de Amherst


pero sin el genio.






2 comentarios:

felipo dijo...

Hola. Acabo de descubrir tu blog. Me gustó.

Esponjita dijo...

Gracias :) A ver... iré a su blog... jeje...