29 mayo 2013

Valerio (una de tantísimas cartas)

Debe ser la falta de cigarro. Un síndrome de abstinencia. O que, luego que me dijo que hace mucho que no fumaba, hoy le dije al profe de francés très bien!, y luego dudé y completé diciendo o como se diga. Y él se me quedo viendo con sorpresa y me dijo: ¡así se dice!

Y ése es el caso, que ahora no hago más que estar pensando en ti. De nuevo. Y eso que tuve que quitarme el guardapelo porque... ¿has oído la frase ya salió el cobre? Pues eso, ya salió el cobre. ¡Era un guardapelo que pude permitirme con mi salario de miss de prepa particular! ¡Era un guardapelo que podía permitirme tomando en cuenta mi desempleado futuro! ¡Por supuesto que le iba a salir el cobre!

Era de chapa...

Pero era bonito. Es bonito. Es muy bonito. Si no es que me moleste que el tono perfectamente dorado se vuelva rosa y un poquito opaco. A mi no me molesta, sino a la piel que pica un poco. Porque... pues porque eso... no me lo quitaba más que para bañarme. Y antes de abrir la regadera y meterme al chorro caliente de agua, me miro en el espejo y veo el guardapelo sobre el pecho. 

(Y por supuesto eso último es ficción, porque siempre me meto a bañar demasiado adormilada como para andar teniendo ese tipo de pensamientos demasiado elaborados a causa de que su completa y compleja elaboración es lo más cercano a sublimar las malditas ganas de dejarme amasar por tus manos).

Amasar. Te digo, es la falta de cigarro. 

En estos días he tenido toda una serie de debates en twitter donde he llegado a la conclusión de que, la sensación de dejar de fumar es muy similar a la que provoca la falta de sexo. Claro, uno puede bajar a la tienda y comprar una cajetilla de cigarro. Y, claro, el elemento monetario no está exento de lo otro de ninguna manera (la Biblia lo dice, aunque no sé si san Pablo lo repita, pero viene en el Apocalipsis de Juan,* cuando sale la ramera de Babilonia pero ¿por qué me pongo tan exquisita para hablar de temas tan mundanos? Ah, si... la falta de sexo). 

Que me ponga a pensar en ti no es por simple falta de sexo. Pienso en ti desden antes de estas épocas de sequía total. Pienso en tí desde que te odiaba (pues dábasete mucho eso de jugar con la autoestima de la gente. Y que si te lo perdono, es porque, en el fondo ese medio de control –cuál si fuera arma de destrucción masiva– lo usas con buenos fines, porque eres bueno, eres noble, eres puro, eres... el demiurgo... pero ¿ves? El cigarro... me hace falta. Ya me estoy parodiando a mi misma.)

Pero te decía. Pienso en tí desden antes. Desde que te odiaba. Desde que te deseaba rabiosamente porque te odiaba. Y desde que te idolatraba rabiosamente porque te admiraba. Desde que aún mi cama no estaba sola, sino que realizaba, actualizaba, completaba su acto segundo, al ser matrimonial y guardar entre sus sábanas a una pareja. Desden antes, desde entonces pensaba en ti. Desden antes, desde entonces soñaba contigo. 

No, no. No es la sequía. Más bien basta tu presencia para desatar toda la tormenta. Y paso días enteros bajo la pertinaz lluvia de tu deseo. Y ando mojada, empapada, chorreando bajo tu presencia, tormenta tropical número vaya usted a saber cuál, porque sí, da por temporadas, algunas mayores, algunas menores, pero siempre, basta tu presencia, del otro lado de la mesa, del otro lado de la sonrisa, las manos... tus manos... y entonces queda baja y alta la marea, y ¡somos tantos los damnificados!

Todo es un ejercicio de la imaginación, ¡ejercicio! ¡físico! dice socarronamente la curandera de almas en Twitter. Y me imagino, con muchas ganas, un pastel, un pavo (el pavo de Macario), una cajetilla de cigarros, el golpe, le trancazo de la nicotina que me mantiene despierta escribiendo. El cigarro, el rito más amado al llegar a casa. Como conectarme. Como en La Matrix... y no puedo prenderlo. Me lo he prohibido. 

Y no puedo tenerte... me lo has prohibido. 

Debe ser la falta de cigarro. Eso nada más. Eso, y presentir que algo te pasó adentro. Alguna liga se te reventó. Y ¡oh Dios! ¡Quisiera poder estar ahí! 

o quizás mejor no.


Te amo. 
Yo.

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Notas:

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Desdén es la palabra que trata de aparecerse; pero ese ir y venir de extrañar no la deja. Me identifico. Me gusta mucho el texto, es como estar presenciándolo todo: la persona, el guardapelo y el humo del cigarro en la mente. También los ojos mientras todo lo piensa. En esas mareas de pensamientos: ¡Somos tantos los damnificados!; efectivamente

Esponjita dijo...

:)
Gracias por venir acá.

Blogger dijo...

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