13 mayo 2013

Dios es amor

Bueno, ya les dije donde escribo los cuentos (el de hoy está aquí <—ahí púchele). Ahora toca hablar de otra cosa.

Imagínese usted que no tiene que ganarse el derecho a existir. A ser amado. Que ya es amado desden antes de que usted se esforzara en cualesquiera cosa. Que sólo por estar en el universo, así, ya nacido, ya es usted acreedor al derecho de respirar y ser respetado por cuántos lo rodean.

¿No se lo puede imaginar?

No, no es porque no crea en Dios. No es porque usted no haya leído el versículo cuarto, capítulo ocho de la Primera de Juan. Es porque su mamá le metía unas maltratadas psicológicas brutales cuando usted era niño. Y ya cuando era adulto: yo las presencié. Y yo no podía creer que alguien que trataba de imbécil a todo mundo, que a mi me maltrataba también bastantito... yo no pude creer, en aquél momento, que a usted lo trataran igualito: entre su mamá y su hermano. Que el que recibía bullying en su casa, era usted. 

Claro: no era usted el primer caso. Pero sí el más curioso de todos. Yo tuve, hace muchos años, unas amigas cuyas mamás no hacían más que estarlas avergonzando enfrente de sus amigas (o sea, enfrente mío). Y decían "¡pero mira qué gorda está!" (y se refería a mi amiga que siempre fue delgadísima y mucho más alta que yo). O decía "¡Pero esta idiota, que mal examen profesional hizo!" Lo decía su mamá, ama de casa, que no terminó ni la prepa. 

Así de lindas eran esas mamás. Pero su caso, señor, es muy diferente. Al contrario: usted era el orgullo de su mamá. A todos nos (y les) platicaba lo maravilloso y genial que era su hijo. De que ganaba premios, de que dejaba a todos los demás como idiotas (eso último: medir el valor propio en función de lo imbécil que son los demás, es el detallito relevante...). Eso: eso la henchía de orgullo. En ese sentido era una buena mamá. Pero entonces ¿por qué en la casa hermano y madre lo maltrataban tanto? ¿por qué le decían gordo, panzón así, sin ton ni son, a cada rato? ¿por qué le decían que era un tarado (palabra favorita del hermano) porque jamás dejaba las cosas en su lugar, o –por lo mismo– era incapaz de encontrarlas?

Eso último, lo de jamás poner las cosas en su lugar, fue lo que hizo ¡crack! en nuestra relación. Porque yo era una sucia y una desorganizada, y él me lo repetía día con día, minuto con minuto, año tras año. Pero ese día que vi cómo lo sobajaban por no saber dónde había dejado no recuerdo ya qué, me di cuenta por primera vez que, efectivamente, en casa jamás encontraba el desodorante... porque, efectivamente, siempre lo dejaba en un lugar diferente. Y en vez de saber que debía terminar aquella relación, utilicé aquella nueva consciencia para defenderme de los constantes ataques por tener la casa tan, pero tan insoportable e increíblemente sucia. (También aprendí a que yo podía evitar una agresión con un grito. Un grito bien dado: como los que le daba su mamá. Y él aprendió a escondérseme como se le escondía a su mamá. Así, bien lindo todo. Pero ése no es el tema). 

El asunto, pues, es que una vez oí a su mamá contar cómo se había esforzado de un modo tremendo para poderles pagar la educación que recibieron. En verdad hay que reconocer que el esfuerzo fue mayúsculo y la educación que recibieron, grandiosa. Todo era genial, yo la admiraba profundamente... hasta que dijo aquellas palabras: 

Lo hice porque eran buenos estudiantes. Si no ¿para qué esforzarse tanto?

Palabras más, palabras menos... pero ese era el espíritu del comentario. Interpretación de esas palabras: No lo hice porque se merezcan mi amor, sino porque se lo ganaron. ¡Obviamente no es así como ocurrieron las cosas! ¡Obviamente lo que hizo fue porque quería darles a sus hijos lo mejor, y para ella una gran educación era lo mejor! Pero hay que enseñarle a estos muchachitos que hay que ganarse las cosas... en este mundo nada es gratis...

Ni el amor de mamá...

Ni el derecho a existir...

Ni el amor de Dios...




¿Ta culero, no? 

Y cuando uno fracasa, y no está estudiando en el MIT ni en Lovaina, ni el Nimega, ni en Oxford, sino con la gente de la que siempre ha hablado pestes, en esa universidad que nada hace en serio, con esa gente a la que no respeta... ¿cómo se consigue ser feliz? ¿bajo qué pretexto? ¿con qué dispensa divina?


Todos tenemos demonios, todos. Todas las mañanas salgo de aquí con los verdes y babosos tentáculos de un Cthulhu que no me dejan dar un paso tras otro. También voy muerta de miedo, también vocifero para mi mal... Y sigo sin creer en Dios, y sigo sin recuperarme del todo del abandono que, como bien dice Ely, no fue tal. Así es... Supongo que el primer paso para la salud es no hacer un juicio sobre los hechos recién narrados. Allá él y su felicidad. 

Lo otro es sobreponerme a mis propios demonios. Buscar la voluntad y hacer tripas corazón. Hacer una lista de pendientes... irla respetando. Conseguir lo que hay que conseguir... todo... poco a poco... pasito a paso...  

Queriéndome mucho. Queriendo mucho a quienes me quieren gratuitamente. Como me quiso también él alguna vez, aunque de un modo que, sin quererlo él, tenía su parte que hacía mucho daño. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Parafraseando un poco...

El peor enemigo siempre estará disponible las 24 horas, los 365 dias del año, en tus vacaciones y hasta en los pensamientos.

El que ese enemigo, con lo ocupado que debe de estar, tenga tiempo para dedicarse a torturar voluntades ajenas... No tiene precio.


Saludos y un gran abrazo a usted, a sus demonios y a su justa contraparte, que es con la que mejor me llevo y que es la mas abundante ;)


M.


Esponjita dijo...

:)