13 enero 2014

De los platos rotos


Me acabo de enterar de que en Japón hay una cosa llamada Kintsugi. Digo ‘una cosa’ porque ni siquiera sé si lo denominado es una costumbre, una práctica o qué exactamente. No es nada del otro mundo: a usted se le rompe un plato, y en vez de tirarlo a la basura, lo pega; pero en vez de pegarlo con plastiloca o resistol, o –sobre todo– evitar a toda costa que se vea la rotura, usted agarra y le pone oro. ¡Sí! ¡Así de finoles son los japoneses! ¡como si le estuviera usted poniendo un dientesote de oro! <– nótese mi insensibilidad hermenéutico-culturosa. 

 No, no. No me mal entiendan. Lo que pasa es que me dio una rabieta el descubrir que ‘reparar las cosas’ es una virtud para los japoneses. Que incluso se vuelve un arte en sí mismo, pero ya ni siquiera de simulación como cabría esperar, sino de embellecimiento de la herida. Y me dio la rabieta porque, para mi, lo más sutil, sofisticado, elegante y vaporoso del universo, es Japón (a dios gracias se me ocurrió esto a estas alturas de la vida, porque si no, en mi mente hecha pedazos, tendría esquirlas de japonés y no de hebreo, como de hecho es el caso). 

Bueno, pero eso no explica nada. ¿Que tiene qué ver que los japoneses sean elegantes y sofisticados con el Kintsugi? No es fácil explicarlo. Yo soy de esas personas que acumulan cosas que, con el paso del tiempo, se vuelven inútiles. Desarrollo entonces una relación pasivo-agresiva con ellas: alguna especie de súper yo me impide tirarlas porque aún sirven, aún están buenas, algún día volverán a quedarme. Algún día iré a comprar la cola loca y le pondré su asa a todas las tazas o, ¿quién sabe? la tía aquella que no nos habla regresará. 

 Pero un día resultó que mi casa exhibió sus verdaderas dimensiones y me planteó claramente la situación: o usas zapatos con agujeros o los tiras. Lo mismo con las tazas, la ropa, los amores, la familia. Quizás, después de algunos desplantes y malas caras, comprendí que había que dejar por la paz el asunto de la tía… y el asunto, solito, se compuso o, mejor dicho, se rehizo. Digo: la tía está vieja, es la misma tía con algunas arrugas más. Pero la relación es otra: está viva y nueva.


Además me da terror guardar objetos físicos que me recuerden a las personas ausentes. Para mi las reliquias no son sino susurros que suenan a nevermore, nevermore. También las odio porque ¿qué hago si pierdo su anillito? ¿la pierdo de nuevo a ella? ¿sus pertenencias –aquello que tocó, miró, amó– que tiene de ella impregnado, de qué modo me la replican y de que modo, con una cinta de oro, vuelven a reparar mi pasado roto? 

Y entonces ocurrió, les digo. Un día aprendí a tirar a la basura aquello que ya no quería en casa. Si algo se rompe en esta casa, primero analizo cuidadosamente si puede volverse a pegar. Por ejemplo: la tapa del tarro que dice “Sentido común” se rompió y fue pegada exitosamente, pero aquél vasito de Churchill pues no, porque se había astillado… y por dejarlo guardado en un cajón, no iba a regresar. 

Aprendí, igual, a deshacerme de fotos, de ropa, de trastes, de todo testimonio arqueológico de un pasado al arrastrado constante e irrevocablemente de mi: ya un desgarro fue más que suficiente para multiplicarlo con el miedo a perder las reliquias. A veces mi memoria sufre. A veces encuentra un olor que la arrastra, cual madalena, a otra dimensión dentro de la memoria. Esos arranques me alargan la vida: me doy cuenta de que he vivido, de que cada cana y cada arruga son marcas de una edad que fue vivida y sentida intensamente. A veces quisiera haber dejado un diario, disciplinadamente, una foto que ayudara a mi memoria debilitada. Pero también sé que, junto con el tesoro de las sensaciones de juventud, está la peste que hiede de los dolores pasados. Andar por la memoria es como meterse descalzo a una playa llena de botellas rotas. 


Entonces lo que creí que era un gran triunfo sobre mi misma resultó ser un vicio comparado con la costumbre japonesa de reparar la porcelana con filamento de oro. “En nuestros tiempos, cuando algo se rompía, lo arreglábamos” dice una pareja que lleva 50 años unida. 

 No me gustan las reliquias, pero he comenzado a aprender que la memoria es frágil, y que la longitud de la vida depende mucho de la cantidad de postales colgadas de los muros del arca de la memoria. Entonces ¿cómo encontrar un punto medio entre el signo que nos permita revivir lo ya vivido, y deshacerse del fardo de perder varias veces la felicidad de antaño? No sé si sea buena idea comprar el kit para hacer el Kintsugi. Así, quizás, dejaría de simular que la casa es joven. 

Quizás vencer al malvado capitalismo no sea otra cosa sino aceptar las arrugas, el paso del tiempo y lo perdido. Pero, a cambio, está lo ganado: la experiencia, la destreza, la amplitud de miras. Y eso, quizás, es lo que hay que reparar con filamento de oro: que no se olviden los idiomas, o los magros resultados de las búsquedas místicas que hicimos a los veintitantos años. O los besos y los versos. O un plato viejo, muy viejo, roto y vuelto a pegar, que es testimonio de que estuvo y que vivimos, aunque él sea necesario porque ella ya no está. (y pondré filamento de oro en el corazón ajado)

5 comentarios:

Anónimo dijo...

La cerámica es uno de esos materiales que en la cultura china adquirió cierto misticismo en cuanto a la elaboración desde una sola pieza a toda la producción de una vida.

En lo personal no soy muy Nippofílico que digamos, pero sus artes y tradiciones antes de su sobre occidentalización derivadas de su milagro Japonés, siempre me han jalado la vista en mas de una ocasión.

Como muchos otros materiales la cerámica también ha pasado por mis manos y sé que reparar la pieza volviendola a hornear no es una buena idea por la baja resistencia térmica de los acabados vitrificados.

Pienso que eso de reparar las cosas y darle o no uso al objeto con esta técnica japonesa, le dá a toda pieza una vista muy estética, sin embargo, para mi que las fracturas y reparaciones no me faltan, no podría verlo como un arte, sino mas bién, como una tarea ocupacional o algo que se debe hacer.

-Algo que si esta en nuestras posibilidades hacerlo por que no hacerlo de una vez- como me dijera Makoto San hace casi 10 años.

Que si se necesita paciencia y tiempo para poder hacer algo como esto Si, si se necesita pero todo depende de las piezas que se deban pegar.

Por lo que he visto la técnica que tienen es bastante sencilla, no requiere de muchos materiales, equipo sofisticado y ni siquiera un espacio designado en casa para lograr un buen resultado.

Si lo vemos de forma funcional, el polvo de Oro es <> lo que garantiza que el objeto tenga un uso alimenticio aunque no estoy del todo seguro por las resinas con la que se amalgama la cobertura.

Debajo de la marca de oro está la resina que consolida las uniones. Ahora veo que se usan resinas epóxicas pero probablemente antiguamente se usó alguna resina termofija.

Al final quien ha pasado por la vida sin despostilladuras, raspaduras o quiebres reparados bien o mal, deben de ser criaturas siniestras y misteriosas.

Todos los demás, quizás somos solo un sistema de simbolos y signos impresos en nuestro vitrificado. Su interpretación junto con cada uno de los porqués del origen y reparación de cada fractura, es algo que afortunadamente permanecerá oculto a la gran mayóría de los espectadores.


Viele liebe Grüße


M.

Unknown dijo...

me caíste bien

Glenn Rhee dijo...

me caíste bien

Glenn Rhee dijo...

me caíste bien

Esponjita dijo...

jeje, tú a mi. Hola.