25 febrero 2014

Babelia...

El riesgo –lo sabemos todos– comenzará al tratar de construir la primera frase. Porque por alguna triste razón todas las segundas lenguas se almacenan en el mismo cajón a diferencia de las lenguas maternas. Eso explica porqué las maternas que pueden ser aprendidas son tan pocas: 4. Pero las segundas, cuenta la leyenda, alcanzan el impactante número de más de 20. Algún papa hablaba 8, contando el latín –una verdadera lengua zombie. Claro: todas las lenguas segundas caben en un mismo cajón porque ocupan muy poco espacio: no llevan incluida la fonética, y la membrana que las recubre es excesivamente porosa. Se mezclan. Se mezclan hasta la desesperación... 

La esposa de un amigo, mientras hablaba en inglés con unos texanos, metió un 'kleiner' por ahí. Mi amigo le hizo bulla pues ¿cómo podía confundir el alemán con el inglés, si en casa sólo habla alemán y en el trabajo sólo habla inglés? Pero es que así de porosas son las lenguas segundas, por más que sean en las que se ama y trabaja. Así que ya se imaginarán mi terror a que llegue el consabido momento en que tenga que construir, ya sea en árabe, ya sea en alemán. 

La historia de mis mezclas es antigua: en la prepa solía mezclar el novísimo italiano que estaba aprendiendo con el inglés que, recién, había dejado de estudiar. Pero lo verdaderamente grotesco fue cuando dejé el hebreo y comencé con el alemán. Entonces se burlaban de mi y me recomendaban estudiar Yiddish. Pero lo que yo hablaba se parecía mucho más a esa lengua imposible de Salvatore el de El nombre de la rosa. Usaba las preposiciones de una y las conjunciones de otra. Si hubiera sólo sido mezcla de vocabulario aquello sí hubiera resultado gracioso, pero la lógica preposicional del hebreo es tan, pero tan especial, que mi lengua acababa desbaratándose. 

Sin embargo, mis primeros intentos con el alemán fueron ¡en inglés! Sí, bajé un torrent llamado 'Easy German' y, contra toda expectativa, resultó buenísimo como inicio en el alemán. Pero lo más extraordinario fue que, como el paso era del inglés al alemán y viceversa, esas jamás las he revuelto. Claro: mi capacidad de construir en inglés es bastante limitada. En realidad lo uso poco (aunque la única manera de defender mi vicio de series gringas en Netflix es que es mi 'ratito de inglés'). Mi alemán se deterioró tanto (y era tan poco) que estoy desde cero... o casi, porque me tocó un grupo de puros reincidentes, así que ya todos nos sabíamos los números y una muy buena cantidad de vocabulario básico. 

Por otra parte, he hecho un verdadero y gran descubrimiento ahora con mi experimento arábico-germánico: la ventaja de dominar el alfabeto y más o menos poder montarse en la fonética de una lengua nueva es algo que no se aprecia lo suficiente hasta que las cosas se ponen de derecha a izquierda. O los cierres glotales adquieren valor semántico. O, además de las vocales largas, aparecen en el mapa consonantes dobles que ni en alemán, ni en latín, ni en el líquido italiano, hay. O, todavía peor, cuando uno descubre a las dentales enfáticas sordas y sonoras... ¡¡WTF!! No se diga del ramillete de 'faringeas'. 

Y es que eso es lo que explica cómo en 5 semanas de árabe, dos horas diarias, hemos avanzado lo mismo que en tres sesiones de alemán, 3 horas dos veces por semana. Porque en árabe para aprender a decir 'uno' tuve primero que descubrir que había una consonante que se pronuncia como si le echaras vaho a la ventana... 

***
El alemán es para Bonn y el polaco que escribe en latín. El árabe, para traducir a Avicena como Allah manda. 

Aunque si somos honestos, los dos son proyectos que comenzaron hace más de 10 años. Por angas o mangas me he acercado, alejado y vuelto a acercar varias veces. Y puede que sí, que ambas sean un capricho... pero de cuando tenía 17 y 21 respectivamente. Ahora ¡por fin! ambas son una maldita obligación. Y ahora estoy como estaba en aquél limbo, hace 9 años.

Aquel limbo. 

Entonces había perdido toda esperanza y toda fe. Y envidié al Werther de Goethe que se alejaba del pútrido mundo a su alrededor para irse a leer a su Homero. Y recordé que las clases de griego estaban a un salón de distancia. 

Así estoy ahora: aprovechando el paréntesis para invocar en su idioma a los genios malignos embotellados por Suleiman. Y para subir a mi habitación a leer a mi Goethe y alejarme del pútrido mundo. 

Y sólo espero, con terror, el momento en que tenga que comenzar a construir, y mi única y propia lengua en doce tribus herida quede. 


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