02 enero 2015

Al menos cantos, al menos flores.

¿Cuánto dura el presente? se pregunta san Agustín para dar la misma respuesta que Sexto Empírico: nada. Pero se equivoca. El presente dura una década y ésta está a punto de acabarse. Y aquello que todavía ahora es el futuro (es lo que ha de ser, pero en cuanto todavía no es, eso es) comenzará en marzo del 2015. El 2 de marzo de 2005 mi abuelita Aurora cumplió 87 años, el 9 de marzo falleció. Menos de una semana después me fui de casa de mi mamá a habitar el minúsculo departamento de la colonia Doctores que el Danilo y yo rentábamos porque, después de haber hecho cuentas, salía mucho más barato que pagar el tipo de hoteles que nos gustaban. La Chupacabras, que para entonces contaba con 9 años, necesitaba un hogar; y aunque mi Tía B. ya se había hecho a la idea de adoptar a una gata de carácter tan problemático, finalmente aceptó que aquella persistente compañera de mi abuelita (más que incluso su propio nombre) era mi legítima herencia. Las razones de las grandes decisiones vitales nunca son razones. 

En estos diez años ha pasado mucho, aunque mucho menos, quizás de lo que debió haber pasado. Comencé a estudiar Letras Clásicas, me titulé de Filosofía, entré a la maestría en Filosofía y, después de un dilatado y tortuoso proceso, obtuve finalmente el grado... y como remate –y ya no supe si por tardarme demasiado o porque así deben ser las cosas, tal y como fueron– entré al doctorado en Filosofía de la Ciencia en la UAM. Olvidé el hebreo pero aprendí latín y griego y comencé a aprender alemán. Compartí el hogar con el Danilo que después se fue, luego regresó y al final terminó de irse para siempre a otra casa, a otra mujer y a otro país. Gatos vinieron, gatos se fueron, murió Chupacabras y, finalmente, quedamos habitando esta casa Qualia, Vasili Grosskatze y yo. Y fue a penas hace un año que caí en la cuenta de cuál es la relación entre metafísica y epistemología, y ese día me quedé con la boca abierta, y el susto me duró tantísimo tiempo que me pregunté, sinceramente, cómo es que se me había otorgado un título en filosofía mucho antes de haberlo descubierto. 

A decir verdad, estas líneas deberían ser un recuento del 2014, año que estuvo bastante tranquilo en comparación de la terrible oscuridad de los dos o tres años anteriores, pero que también fue duro y traumático. Este año aprendí que nadie tiene realmente de qué quejarse mientras no te avisen que un familiar está en terapia intensiva conectado a un respirador, y que cualquier lugar es sumamente cómodo para dormir mientras no sea una silla en un cuarto de hospital en el IMSS. Este año aprendí que, salvo la muerte, no hay inclemencia insoportable ni a la que no pueda hacérsele frente, y que incluso en las maneras de morir las hay malas, malísimas, pero también afortunadas y que hasta existe la muerte de los justos. Este año recordé, pues, lo que se ha vuelto recurrente y, más que sorprenderme, debí de haberlo memorizado desde la primer clase de lógica: todos los hombres son mortales. Y la muerte es el único y último verdadero cataclismo.

Mientras no nos muramos, todo está bien. Pero nos vamos a morir, así que nada está bien. A diferencia de san Agustín, no cabe la tranquilizadora esperanza de una vida eterna, que es lo único que en verdad deseamos todos. Nos vamos a ir quedando solos, poco a poco o de golpe, como le pasó a los sobrevivientes de Banda Aceh. O nos vamos a ir nosotros, de repente o con la espantosa consciencia y antelación. Y en el fondo –también lo descubrí a lo largo de estos 10 años– lo que importa es lograr vivir sin angustia... y eso lo supo el famoso Meneceo y nosotros después, también destinatarios de aquella carta.

Supe, pues, después de haber descubierto la relación entre metafísica y epistemología, que saber que la vida es breve y sumamente frágil debería devolvernos la tranquilidad, y que si estamos, aún sabiéndolo, sumidos en la angustia, vivimos en el maravilloso siglo XXI y tenemos remedios, desde los destilados hasta los sintetizados alquímicamente, para despejar las angustias equivocadas y materiales que nos atacan porque, tampoco la mente, es un invento perfecto e inmaterial.

El premio de la lucidez debería ser también la victoria sobre la angustia, al menos de una buena parte de ella. Pero, de sobra sabemos, que no lo es... y eso está bien, porque así son las cosas, y la única solución es ir contra esa corriente tratando de mantenernos felices y cuerdos, mientras sea posible. Los más afortunados, como decía y afirmaba mi abuelita, son aquellos que alcanzarán El país de la risa. Luego ella olvidó la formulación de aquella frase, pero no su risa.

 Y es que fue a propósito de un verdadero cataclismo que recordé que en estos días no se está acabando un año, sino una década entera. En las primeras semanas de 2005 descubrí que, fuera lo que fuera que estaba afectando la salud de mi abuelita, su efecto más pernicioso se fue contra su memoria. La lucidez la conservaba intacta, pero no podía conectar con ninguno de sus recuerdos, ni siquiera, muchas veces, con su propio nombre. Y entonces nos decía que recordaba cosas que aparecían frente a ella fuera de contexto, como que acababa de haber un cataclismo en alguna parte del mundo, y que hasta el eje de rotación de la tierra se había movido. Se refería al Tsunami del 26 de diciembre de 2004. Hace algunos días, justamente, los medios de comunicación se llenaron de recordatorios de aquel suceso y fue cuando caí en cuenta de todo lo que estaba a punto de cumplir 10 años.

La vida es resistente y en la Tierra ha perdurado a pesar de 5 extinciones masivas. La vida es persistente pero la de cada uno de nosotros es demasiado frágil y, para colmo, demasiado azarosa y afortunada. La persistencia que nos da la sensación de haber tenido una vida larga, la persistencia de la memoria, también es frágil y, la más de las veces, traicionera y engañadora. Lo único cierto es el presente.

Mi abuelita me pidió, muchas veces, que su epitafio fuera un poema de Nezahualcóyotl que ella leyó en la traducción de José María Garibay. Y sean éstas las palabras que cierren un dilatado ciclo de 10 años, antes de que amanezca el futuro:

Yo, Nezahualcóyotl, lo pregunto: 
¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra? 
Nada es para siempre en la tierra: 
Sólo un poco aquí. 
Aunque sea de jade se quiebra, 
Aunque sea de oro se rompe, 
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. 
No para siempre en la tierra: 
Sólo un poco aquí. 


¿Con qué he de irme? 
¿Nada dejaré en pos de mi sobre la tierra? 
¿Cómo ha de actuar mi corazón? 
¿Acaso en vano venimos a vivir, 
a brotar sobre la tierra? 
Dejemos al menos flores 
Dejemos al menos cantos.

2 comentarios:

P.L. Salvador dijo...

Dejemos al menos cantos... Tal vez porque pensamos que el arte no morirá. El arte como fruto del sentimiento, que tampoco debería perecer.

Flávio Santos dijo...

Lead me on, O Zeus, and thou Destiny,
To that goal long ago to me assigned.
I’ll follow readily but if my will prove weak;
Wretched as I am, I must follow still.
Fate guides the willing, but drags the unwilling.

:)