01 abril 2016

La niña de Guatemala

El viaje a Guatemala hubiera sido una experiencia extraordinaria si no hubiese regresado a México con un ataúd. Todavía recuerdo la sensación surrealista de ver, desde el avión, cómo el pequeño ataúd, de madera labrada con rosas, entraba en el compartimento de equipaje. Eso, y que el aeropuerto de la Ciudad de Guatemala se llame Aurora. 

Pero quizás vale la pena acordarse de la parte que sí fue genial de ese viaje, porque, además, fue el último y el primero que tuve con Aurora, y nos la pasamos muy bien. Lo primero es cómo preparamos el viaje Aurora y yo. Me acuerdo nomás que hicimos una docena de huevos duros para llevar de lonche durante el viaje, porque nos lo íbamos a echar en camión. Y era un camión bien extraño: tenía literas y toda la cosa, pero cuando íbamos por el Ajusco el pobre camión ya no daba una y nos cambiaron a uno normal y bastante más cómodo. Luego me acuerdo que llegamos a la Ventosa, que es un lugar pos con mucho viento, y el camión tenía que esperar a que se bajaran las corrientes porque si no se volteaba. Y entramos a un cafecito a esperar... tenía un mapa de Chiapas. A los primeros colombianos que conocí fue en ese viaje. Una era una chica mulata, bellísima, del Colegio de Historia, y creo que todos estábamos medio enamorados de ella (sí, yo también, jaja). Otro era un chico del CELA que había sido activista de Amnistía, y la historia de cómo había sido perseguido hasta que llegó a Venezuela nos rompió el corazón. En realidad me acuerdo de muy pocas cosas... y el problema conmigo es que Aurora se acordaba mucho mejor de todo, y sin ella se me fueron las memorias de mi infancia. Pero fuimos a Antigua Guatemala, y eran impresionantes las iglesias rotas como un polvorín. 

Guatemala es hermosa... y terremotosa. Ya no sé dónde están las fotos de ese viaje, que sí revelamos, y por ahí deben estar guardadas en una caja. Quisiera volver a encontrar las fotos de Aurora en Antigua. No sé... creí que mientras escribiera, me iban a llegar los recuerdos en tropel, los bonitos. Los de la noche que pasamos en un bar bailando. Bueno, yo no, que tengo dos pies izquierdos, pero Aurora sí que salía a bailar. Toda la historia de la Universidad San Carlos de Guatemala. Todo aquello que era absolutamente nuevo, impresionante, extraordinario. 

Pero todo eso, que era un viaje de iniciación, que era nuestro primer viaje juntas y solas, y que era nuestro primer paso hacia la honda y gigante América Latina, quedó frustrado y permanece oculto tras una cortina pesada de lo impensable. Como quedaron muchas canciones, por ejemplos, censuradas para siempre de nuestras vidas: como La niña de Guatemala y El Cristo de Palacaguina. Y ahí hay una historia. A una chica de Historia (cuyo nombre no puedo recordar) la estuve jode y jode preguntándole la letra, de la que no podía acordarme. Cuando me di cuenta de que ya la había hartado, la dejé en paz... y para colmo en el viaje vino a enterarse de que su pareja acababa de cortar con ella. Pero después de la tragedia, se acercó a mi, e hizo un esfuerzo monumental por acordarse de toda la letra, y me la apuntó en un papelito... 

Cuando volví a México y a mi vida, hecha añicos, abandoné para siempre la idea de recorrer América Latina. Unos pocos años después, cuando comenzaba a aprender griego, descubrí entre los libros de Aurora los manuales de Lourdes Rojas, y me fui de espaldas... ¿así que tú también estabas aprendiendo griego? No lo podía creer. Y así fue como, sin querer, la tierra y los países que luego quise conocer con Aurora fueron los de la antigua Hélade... que ella, estudiante de Historia, quiso recorrer por culpa de Heródoto. 

No sé... de pronto me acuerdo de todo eso, y me acuerdo de lo que estuvo bonito. Como, por ejemplo, de cuando fuimos a sacar el pasaporte. Ese pasaporte es el que se perdió, y mi mamá, sospecho, lo perdió para que no se me ocurriera volver a salir del país. Pero me acuerdo de cómo Aurora y yo le acariciábamos las páginas (era mi segundo pasaporte, pero era el primero que ella sacaba en su vida). Y, de nuevo, contemplamos llenas de emoción el sellito que nos pusieron en la frontera de Guatemala. Y como tontas estuvimos cruce y cruce el puente internacional para estar cambiando de país de un paso... el puente que pasa sobre El Suchiate, del cuál me acuerdo con miedo, porque era el primer río caudaloso que veía en mi vida. 

Hace 15 años, entre marzo y abril, murió Aurora.
Tenía 19 años.
Y esa noche, tembló.

1 comentario:

Anónimo dijo...

:'(