17 septiembre 2016

Espejito, espejito...



En un plática familiar, alguien muy querido nos contó que le preocupaba, cuando su hija era pequeñita, que no se identificara con las princesas en las películas de Disney, sino con los villanos. Y aquello me sorprendió porque, según cuenta la leyenda, cuando yo era pequeñita, mi heroína era la madrastra de Blanca Nieves. No, no Maléfica, porque en aquellos años mi versión de Blanca Nieves era una traducción de la versión de los Hermanos Grimm, y el verso del que aún me acuerdo era: 

–Espejito, espejito, dime tú por gentileza, ¿hay quien acaso en este reino quien me aventaje en belleza? 


Y cuando comencé con el alemán, fueron las primeras líneas que quise aprender: 


–Spieglein Spieglein an der Wand, Wer ist die Schönste im ganzen Land? 

(quizás ahí se notaran los primeros brotes narcisistas de Esponjita... quizá se note desde el momento en que quiero hablar del caso de mis personas queridas, y me pongo yo primero para introducir el argumento). 

La explicación de mi madre sobre mis preferencias era simplemente que la bruja de Blanca Nieves tiene más diálogos que los demás personajes. Mi explicación era que la bruja era mágica, y que estaba rodeada de libros antiguos y calaveras y retortas alquímicas (porque las ilustraciones de ese libro tenían una visión muy chick de la bruja: a su alcance tenía un laboratorio alquímico, no un muladar lleno de animales disecados). La preocupación de mi persona querida sobre las preferencias de su hija fueron lo que me llamó la atención: simplemente no se identificaba con los buenos, con el bien. Cuando uno es niño, cuando uno es adulto, siempre en cualquier momento de la vida, uno quiere estar del lado de los buenos. 

Entre los 3 y los 5 años es la edad de las princesas, me cuenta mi mamá. Y yo, sin mucha experiencia en crianza de niñas, se me ocurre que las princesas son objeto de imitación no porque sean las buenas de la historia, sino porque son las heroínas. Son las más bellas, las más virtuosas, las más poderosas, las más santas, las más amadas... porque entre los 3 y los 5 años uno es el centro de mundo y el referente respecto al cuál todo gira y adquiere su sentido. 

La posterior angustia de querer estar del lado correcto, viene después. La posterior angustia de querer hacer el bien, viene mucho después. La posterior angustia de no saber dónde se halla la justicia viene mucho, mucho, muchísimo después. 

***

Pero ¿quienes son los buenos? Las narrativas que nos convencen de la bondad de los héroes son tramposas. ¿Quién, a estas alturas, considera que Piolín es el bueno de la historia? Porque la narrativa es clara: Silvestre se quiere comer a Piolín y es el primero en atacar. Pero la crueldad repetitiva del pajarito, su actitud de mosca muerta, termina por cansar al espectador que desea que, al menos por una vez, Silvestre se lo pueda zampar. 

Sin embargo y con todo lo que tenga él de odioso, las princesas de Disney se parecen más a Piolín que a Silvestre. Son buenas, bellas e inocentes y son víctimas de una criatura llena de maldad, o bien por pura envidia narcisista, o bien por el puro placer de ejercer su poder sin límite. Pero a diferencia de Piolín, las princesas triunfan sobre el mal por un simple Deus ex machina y no por su ingeniosa crueldad.

El príncipe con la Espada de la Verdad y el Escudo de la Fe logra vencer al demonio-bruja, mientras que la princesa duerme durante cien años. O la doncella, reducida a servidumbre, logra liberarse de su funesto destino por el truco de un hada madrina y la incansable búsqueda de un príncipe enamorado. O, como Blanca Nieves, cuya suerte depende absolutamente de un camino accidentado y lleno de baches (pues en la versión del los Hermanos Grimm, Blanca Nieves no despierta por el beso del príncipe, sino porque la cohorte del príncipe que lleva a su castillo el catafalco de cristal, tropieza, y eso provoca que el pedazo de manzana encantada salga de su cogote, permitiéndole respirar otra vez). 

Las princesas no son buenas: son inocentes. Y los villanos se retuercen de envidia porque ven amenazados sus privilegios por la virtud intrínseca que tienen aquellas heroínas que lo son todo, menos agentes de su propia virtud. Las princesas de Disney son caracteres pacientes en espera de que el universo entero se ponga en marcha para ejercer la justicia a través de sus impávidos cuerpecitos. Están llenas de virtudes pero ninguna depende de ellas. Son ingredientes de la bondad, pero no son buenas.

***

Todas las mañanas nos miramos al espejo. Hay quienes no pueden hacerlo porque piensan que ya no son buenos. Otros simplemente le preguntan al espejo si han obrado de tal manera que aún le parezcan buenos a los demás. Y todos, al menos una vez cada cierto tiempo, exploramos cuidadosamente nuestra historia para ver si no ha anidado en algún pliegue la verruga de la mezquindad que pueda diseminarse por toda nuestra bondadosa alma. 

Y al menos alguna vez nos hemos parado frente al espejito y le hemos preguntado, temerosos de su respuesta: 

–Spieglein Spieglein an der Wand, Wer ist der Gütigste im ganzen Land? 
(Espejito, espejito en la pared, ¿quién es el más bondadoso en toda la tierra?)


Die böse kleine Schwamm.



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