20 mayo 2014

Un año.

A Gaby, 
la hermosa, la valiente. 


En mayo de hace un año dejé de fumar. Este mayo volví a las andadas. 
Cada cigarro, símbolo del fracaso de mi orgullo y control sobre mi misma, me hace recordar las penosas razones por las que dejé de fumar: estaba muy cansada. La piel, los labios, los pulmones. 

No será casualidad decir, entonces, que lo que traía cansado era el spiritus pneumaticus.

Y no será casualidad porque, al fin, perdí el tono (sí, el estoico) y me dejé llevar. Terminé tan despacio la tesis que, entre el primer voto y la fecha del examen transcurrió un año. Tanto así fue, que en pleno examen había ya olvidado buena parte del capítulo de Avicena. Hubo fiesta, sí. Al fin la tan acariciada dedicatoria se me apareció de golpe y por accidente en el Cantar de los Nibelungos. Todo aquello del examen fue como un beso, largamente esperado que, a la hora de la hora, resulta saber a sacarina... a aspartame, pues. Estaba muy cansada. Y me cansaba fumar. 

Sin embargo, en estos momentos, no me estoy traicionando a mi misma, como podría parecer. Yo me prometí dejar de fumar un año. Cuando recaí en el terrible vicio hice cuentas y, efectivamente, había pasado un año. Un año en que dejé de leer incluso novelas. Un año en que ese proyecto, tan añorado pero que ahora me sabía a cereal remojado, era fabricado sin ganas y con mucha lentitud. 

Sin embargo, para mi gran sorpresa, uno de los dislates en su confección (Quine) vino a resolverme la existencia en el momento preciso. Medio dormida, la providencia silenciosa no soltó jamás mi mano ni mi espíritu y, en el momento clave, todas las piezas se acomodaron. 

***

Cuando prendí el primer cigarro no sentí culpa ni remordimiento. Claro: acallé las voces de alerta con la vana promesa de este será el último, y sustituí el poderoso sólo por hoy. Sin embargo sentí que soltaba una amarra y el barco comenzaba, lentamente, su navegar. ¿Hacía dónde? Quizás, no sé, hacia la aceptación de un destino que no quería del todo, pero que no me atreví a cambiar. Quizás, no sé, a asumirlo totalmente, de una buena vez, y tragarme por fin la frase de J. M. de que, cualquier decisión que tomara sería la correcta. 

Lo correcto, entonces, era quedarme a hacer el doctorado en México. Lo correcto era, entonces, aplicar a la Universidad aquella construida en un barrio pobre y populoso, cuya población supera con creces la de varios países; donde no hay agua, dicen. Cuyos jardines y jardineras recorrí de niña porque ahí forjó mi madre su carrera y su proyecto. Y a donde estaba predestinada a caer desde varios años antes cuando un señor, sin querer, mencionó a unas ovejas temerosas y unos lobos hostiles. Ahí lo aposté todo en el momento en que decidí que lo que decidiera estaba bien, pero que urgía decidirse. 

***

En unas horas me sentaré frente a un sínodo de tres absolutos desconocidos para defender mi proyecto de doctorado; cuyos rostros no conozco, cuyas carreras me son nuevas, cuyos intereses me son desconocidos. No sé qué piensen ellos de un filósofo medieval, eternamente opacado por su brillante pupilo quién, para colmo, fue el estandarte de la contrarreforma y símbolo de todo lo más odiado por el progreso, el pensamiento crítico y todos los pensamientos liberados cuando Galileo murmuró eppur si muove.  

Ya cansada, pienso contarles que el Gran Alberto descubrió el arsénico, que creía que los primates superiores –incluidos los pigmeos– eran capaces de hacer entimemas. Que tenía las pretensiones de su paisano Hegel de abarcar todo el conocimiento humano y que, para ello, tenía que comenzar explicando qué es el conocimiento humano. 

¿El problema de la inducción? ¡¿cuál?! No señores, no. Esta historia es la prehistoria de Cartesio, de Hume y de aquél despertado del sueño dogmático. Pero no por ello ¡oh desdichados hijos de Quine! sus reflexiones sobre la relación entre lógica y observación científica son despreciables. No por ello, señores pos cartnapianos (pues ésa es la posmodernidad de la analítica), nuestro santo y obispo carece de interés. Aquello que es para él la imago es una teoría mucho más rica que cualquier representacionismo intencionalista more Searle, que cualquier disyuntivismo relacional. Tiene mucho qué decirnos nuestro changólogo escolástico, aún si a la luz de nuestras categorías, las suyas resultan un tanto confusas y un tanto romas. 

Método

Física

Fisiología

Lenguaje

Representación

Percepción. 

¿Acotar el proyecto? Quizás. 
¿Leer a Alberto en clave analítica?
Leer primero a Alberto: mostrar su sistema. 
Luego, iluminarlo

***


SON MUCHOS LOS LLAMADOS

Y POCOS LOS ELEGIDOS

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ALEA IACTA EST

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