13 mayo 2014

Verdul


Hoy llamé a mis fantasmas. Y sin querer, se me apareció ése, el que fue tan amado, el que tenía 22 años y de cuyo golpe aún no consigo ponerme de pie del todo. Ése, con quién vi Veneno para las hadas, y que fue el único que me entendió cuando le dije que mi amigo portugués tenía nombre de araña. 



OS CORVOS DE HEMPEL

Le cuento a Flavio, el portugués de nombre latinísimo, sobre Goodman y la paradoja de Verdul. Me quejo de que el texto estaba mal traducido, me quejo de la falta de contexto. Me quejo de que a Quine le entendí perfectamente (caray, ¡quién me iba a decir que mis devaneos con la epistemología naturalizada me iban a redituar de una manera tan redonda!). Entonces estoy a punto de contarle lo que decía el texto, cuando el brillantísimo Flavio dice: "Os corvos de Hempel?" y no terminaba yo de escribir que no, cuando entendí de que iba el asunto... sí, los malditos cuervos corvos negros... No es que primero hiciera una teoría donde las esmeraldas son verdes y después otra teoría donde son verdules, sino que él "esmeraldólogo", el encontrar una esmeralda azul, podía simplemente decir que la propiedad esencial (¡ah, Aristóteles y tu An. Po. II,19!) no era la verdosidad sino la verdulidad. Por lo tanto, también las esmeraldas azules caerían bajo la propiedad predicha por la teoría, y, como termina el pasaje de Goodman, resultaría que una teoría podría adecuarse y abarcar a las esmeraldas azules, y a todo lo demás... teoría inútil que no puede ser determinada por la observación empírica, tal y como lo había argumentado de manera brillante, clara y lógica, Quien. Me tomó 10 segundos entenderlo todo. ¿Cuánto me habría gastado en escribirlo? ¿10 minutos? ¿15? Todo, porque no entendía el ejemplo que, al intuitivo y poco argumentativo Goodman, le parecía claro y δήλον.



LOS SOBRES AZULES

Cuando uno pasa la prueba, entonces grita a los cuatro vientos que no cualquiera lo hace. La prueba es que son muchos los llamados y pocos los elegidos. Uno está hecho de un material especial: posee un don, aun si este es solo la voluntad... pero también se posee la gracia, la inteligencia, la fuerza, la sangre (ius sanguinis). Y para dar testimonio mayor del heroísmo y el riesgo, se narra la debilidad y la historia de cómo ésta fue remontada. 

Me imagino a una pequeña niña que se enfrenta a la rudeza de la disciplina y el trabajo, al no puedes no poder, y al terror de verse en peligro. Me la imagino así porque me imagino que soy yo la que está en sus zapatitos. No sé cómo sea ella, no tengo idea del temple de su infantil espíritu. Me imagino, entonces, a mi misma, al borde de mis fuerzas y con los hombros cargados de una confianza que no debe ponerse, jamás, bajo riesgo alguno. 

Mientras el orgulloso padre narra los infortunios y las victorias de su primogénita, me arrellano en mi silla. Yo, que vengo de verle la cara a los Sobres Azules. Yo, a quien me sonó la campana mientras seguía escribe y escribe en la hoja de papel, con el bolígrafo negro y una caligrafía que practico cada vez menos. Yo, que no entiende porqué demonios mete Goodman el ejemplo del Verdul. Yo, a quien acaban de recordarle que ha perdido mucho, mucho tiempo. Que no puede perder más tiempo. 

Y guardo silencio. 

Yo, a la que le acaban de decir que sí se puede terminar aquello en poco tiempo. Que es la última oportunidad of course. Yo, al borde de un ataque de nervios, que le dice ¿y qué voy a hacer si no me aceptan? ¿qué voy a hacer si no me dejan estar aquí contigo?. Yo, a la que le contestan en un susurro: entonces te vas a Lovaina.

Leuven ire aut mori...

Yo, la que entonces entiende cómo le hace la niñita, de la estirpe y de la mano de su padre, para enfrentar los temibles Sobres Azules



LA MAR AMARGA

Tenía 21 años. Mi hermana 19. Mi hermana murió en el mismo mar que también casi me traga. El mar me vomitó justo para que pudiera dar la bocanada salvadora. Si no se la hubiera tragado a ella, entonces aquella sería la mejor historia de mi vida. 

Voltee a ver al muelle, y todos me veían, y nadie hacía nada ante mis gritos de auxilio. Y entonces comprendí que me iba a morir. Y ya no podía mantenerme a flote, ya no podía dar una patada más. Pero si no daba una patada más, me iba a morir. Algo más fuerte que mi falta de fuerza me hacía dar la siguiente patada. Y entonces pensé: he aquí el segundo mayor momento de mi existencia. De mi nacimiento no tengo consciencia pero ¡ah que de mi muerte lo tendré! No dejo a nadie detrás mío (ingenua de mi), ni hijos, ni deudas. Puedo morirme aquí, a los 21 años, y disfrutarlo. Y entonces llegó la lancha de unos pescadores guatemaltecos, de Escuintla que, arriesgando su vida, entraron a la mar embravecida, a buscarnos.

Hoy estuve a punto de decir: no puedo seguir con esto. No sé. No voy a contestar nada. Pero una fuerza más grande que yo, me susurró: no, no puedes. Sigue. 

Hoy vino, al fin, el fantasma que estuvo a punto de ser tragado por el mar, y me dijo: hace catorce años te escupió la mar en el momento justo. He ahí la gracia. Mantenerte a flote, es lo de menos...


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