21 enero 2016

Auf Wiedersehen



animula, vagula, blandula
hospes comesque corporis
quae nunc abibis in loca
pallidula, rigida, nudula,
nec, ut soles, dabis iocus.


El miedo a envejecer es una versión neurótica del miedo a la muerte. Algún día más tarde que
temprano, se acabará todo. Ojalá no haya que atravesar el ultraje de la vejez; pero ojalá no sea demasiado pronto. Pero vivir también es morirse muchas veces. Y no me refiero a la edad, constante mensajero de la muerte, ni a quienes, siendo muy amados, se nos van muriendo; sino a la manera en que nosotros, ante nosotros mismos, nos morimos varias veces. Cada vez que comprendemos que no seremos aquello que creímos que, por destino, seríamos, hay que decidir qué hacer con el cadáver. Cada vez que hay que hacer maletas, que dejamos de amar, que nos abandonan... Cada vez que la cúpula celeste se desploma sobre nosotros y nos deja hundidos entre pedacería de estrellas... cada vez, de nuevo, hay que decidir qué hacer con ese cadáver. Y lo mejor es velarlo, llorarle, e irlo a enterrar, como hacemos con aquellos que más amamos y que se van. Y, una vez que hayamos llorado lo suficiente, seguir andando por la senda de la edad hasta que nos muramos por última vez.


almita, vaguita, blandita
habitante y compañera del cuerpo
que ahora te irás a lugares
pálidos, rígidos, desnudos, 
y no, como sueles hacerlo, harás ya bromas...


Hace poco más de un año que el comedor de mi casa está cotidianamente arreglado porque tengo una única visita a quien incluso ya reconocen mis gatos. ¡Hasta puse arbolito de navidad! Como nefastas consecuencias de este arreglo, cuando trato de hablar en inglés, conjunciones y adverbios alemanes hunden sus saetas en mi área de Broca, y termino hablando como Salvatore, el del Nombre de la rosa. Pero ¡ay Aristóteles, tú y tu ἕξις! Poco a poco, las amargas quejas por la derrota del Eintracht son digeridas por mis oídos. Los consejos pacientes se hacen inteligibles. La impresión cotidiana sobre los periódicos comienza a volverse diálogo en una sola lengua... y descubro que no hay una palabra teutona para tinaco, y que los gatos mexicanos maúllan como sus pares bárbaros. ¿Cómo no se iba a reblandecer meinen Hertz y, amaestrado según la primera ley de Saint-Exupéry, a medir las horas y el ritmo de los días en clases de alemán? Ayer me entrevistaron por fin. Hablé en alemán, involuntariamente, como si de un encantamiento se tratara ... hábito, le llama Aristóteles... yo, acto de magia.


Alma pequeña, encantadora y errabunda,
huésped y camarada del cuerpo
que ahora irás hacia lugares
lívidos, baldíos y tiesos
y no bromearás cuál era tu costumbre. 



Ni son todos los que están, ni están todos los que son. Llega primero Z., cómplice de mi travesura. Le pido disculpas por invitar a T. sin haberle avisado. Ella se ríe y me contesta que al fin comprendió lo que pasaba: era mi despedida e invité a mis amigos. Levanté las cejas ¿mi despedida? Pero todavía no sé si voy a irme... pero sí, sí lo sé: voy a irme, cómo sea, de cualquier manera... y sí, vengo a despedirme. ¿Pero de quién? De ellos y de ella. De los más amados. De la ilusión. De obrar por amor, de leer por amor, de pensar por amor, de escribir por amor, de respirar por amor, de andar por amor, de soñar por amor, de huir por amor... por amor de ser amada por amor. ¿Mi despedida? Y me despedí de ellos, entre silencios incómodos, anécdotas macabras, risas y vergüenzas. Una única y simple despedida.



Mein Seelchen, freundliches Seelchen du, 
so wanderlustig immerzu, 
der Leib war nur dein Gasthaus und nun 
sollst du die letzte Reise tun 
in jenes Reich, 
wo alles so öd' und kahl und bleich, 
in jene Nacht, 
wo keiner mehr deine Spässchen belacht.*



Sé que por pura probabilidad estadística jamás volveré a encontrar a un alma así de fina, así de bella como la tuya. Sutilísima y tensa, ígnea y tersísima... inverosímil. Y sé que cuando esté allá lejos, en la lívida tierra del helado invierno, echaré en falta todos los martes, uno a uno, hasta el fin de los tiempos. Tomar consciencia de mi mortalidad justo después de haberte conocido, le da al resto de mis días el insoportable peso del acto único e infinitamente iterativo del eterno retorno. Y yo, mortal a partir de mañana, y en medio de la estupefacción de haber presenciado lo absolutamente improbable, llamaré "milagro" al haber coincidido, prócer de mi Patria y Demiurgo de mis afectos, contigo.



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* Versión de Theodor Birt en Antike Buchwesen, 1900.

3 comentarios:

Leonardo Ávila Vázquez dijo...

Medievalosa y eucarionte esponjita:
Es probable que no te acuerdes de mí, pero soy Leonardo Ávila, el autor de Sin libro no Leo. Solíamos tener esta sinergía bloguerística muy padre que estaría genial recuperar. Sin embargo, esta vez vengo con una pregunta/petición (ya que ahora me dedico a la edición de libros educativos):
¿Algo que hayas escrito será materia adecuada para un libro de Comprensión lectora para secundaria como corpus de análisis?
Estoy reuniendo textos inéditos y me gustaría trabajar un texto tuyo (algo de tu blog que puedas seleccionar, también serviría).
Puede ser algún artículo, un post filosófico, un ensayo, una reseña de una película, un cuentito o algo que consideres que esté al alcance de la comprensión de un chavito de 15 años.
Si consideras que es posible, me avisas.
Te deja un abrazo
Leonardo Ávila

Anónimo dijo...

Esponajita que hermoso escribes de verdad, y si al igual que Leonardo, se siente esa capacidad de enseñar a las almas jovenes, .... y nos deja hundidos entre pedacería de estrellas,

Blogger dijo...

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